ログイン– ¡Suéltame! ¡No, por favor, no! ¡Déjame! –las manos del hombre no la soltaban, no paraban de tocarla y rasgarle la ropa.
–¡Noooooo!!
– ¡Fran! ¡Despierta! ¡Estás soñando! –le dijo la voz de un hombre que escuchaba muy lejana.
– ¡No me toques, bastardo! –gritó entre sueños la joven y golpeó salvajemente al hombre que trataba de detenerla–. ¡No volverás a ponerme un dedo encima, desgraciado! –gritaba como loca entre llantos y golpes–. ¡Te odio!
– ¡Francina, ya basta! ¡Despierta de una vez! –la zamarrearon–. ¡Es una pesadilla! –de pronto logró abrir los ojos y notó que estaba toda sudada, y frente a ella se encontraba Federico, observándola con preocupación.
Estaba acurrucada en un costado de la cama en ropa interior, apenas tapada hasta los hombros, con la cama un poco desordenada por los movimientos.
–Fran, ¿estás bien? –le preguntó observando su rostro atormentado–. Hace más de cinco minutos que intento despertarte y no podía lograrlo. Ven, cariño –la acercó para abrazarla–. Me asusté mucho, no parabas de gritar y llorar…. –le dijo contra su hombro–. ¿Sigues teniendo este tipo de pesadillas? –le dijo retirándose para verla a los ojos.
Ella asintió. No era la primera vez que él corría a consolarla en medio de una pesadilla. Cuando solía quedarse en la casa de sus padres, era el único que la escuchaba, y acudía a despertarla cuando apenas era una adolescente.
–Parece demasiado real lo que te sucede en sueños. No es la primera vez que me toca verte padecer en sueños de esta manera –le dijo él, aún preocupado–. ¿Hay algo que necesites decirme y que te está atormentando de esta manera, Fran? Yo puedo escucharte. ¿Hay algo que quieras decirme acerca de esto que te sucede?
–No puedo… –le dijo angustiada.
–Fran, creo que es el momento para que puedas hablar… yo sólo intento ayudarte, cariño –le dijo con afecto–. Si es algo de tu vida que te está perturbando en sueños, puedes confiar en mí –insistió.
– ¡Dios, no puedo hablar, es demasiado humillante! –estalló la joven con dolor.
–Está bien, no voy a presionarte –le dijo con un suspiro de resignación–. Simplemente quiero que sepas que estoy para ayudarte y cuidarte. Eres muy importante para mí, Fran, y me preocupa mucho verte sufrir –le expresó con cariño.
Escuchar esas palabras cargadas de tanto cariño quebraron su resistencia, y comenzó a llorar. Él la volvió a abrazar en silencio.
–Fede… –murmuró ella sobre su hombro–. Gracias… –lo abrazó con más fuerza–. Eres el único al que realmente le importo.
Él se retiró levemente, hasta tenerla cara a cara, nuevamente.
–No digas eso. Tu familia te ama. Darían lo que sea por ti. Sobre todo Diego y tu papá. Eres su nena consentida –le dijo con ternura acariciándole el cabello–. Jamás permitirían que alguien te lastime. Matarían, antes que alguien te haga daño –le dijo con firmeza.
–Eso era cuando era pequeña. Te aseguro que ya no –le confesó con pesar–. En este momento de mi vida no soy su prioridad. No aceptan mi forma de vida, ni a mis amigos, menos que esté viviendo aquí en Córdoba, y con…Lucy –titubeó.
–Tendrán que aceptar lo que hayas elegido, Fran, es tu vida y no pueden decidir sobre ella –pronunció con seguridad. Él se dedicó a observarla, con curiosidad, unos segundos en silencio, antes de hablar nuevamente–. ¿Puedo hacerte una pregunta? –le preguntó con cuidado.
Ella asintió.
–¿Qué te proponías hoy en el pub coqueteando con ese amigo tuyo? –indagó sin rodeos–. Es más que evidente que está loco por ti –le comentó con tono casual–. Vi cómo te miraba –se detuvo a observar su reacción–. No apartó un solo minuto la mirada de ti, en toda la noche –continuó–. Yo fui a dejar a Camila a su casa, y cuando regresé, estaban bailando y él no dejaba de observarte.
– ¡Yo no estuve coqueteando! –se defendió ofendida. Sabía en el fondo que sí. Había utilizado el amor que su amigo sentía por ella para mitigar su despecho. Pero eso jamás se lo admitiría–. Y me parece que estás exagerando –replicó en su defensa.
–Fran, yo estuve observándote, y durante el tiempo que lo hice, no paraste de presumirle –le señaló con cautela, pero regañándola con sutileza.
– ¡No es así! –se negó. Jamás admitiría que había dejado que las cosas llegaran demasiado lejos con Luis, porque esa noche se había sentido frustrada.
–No creo que sea conveniente que provoques deliberadamente a ese chico –manifestó ignorando lo que le había dicho ella–. Si no hubiera llegado a tiempo esta noche seguramente se habría propasado contigo –le advirtió irritado de recordar la situación–. De seguro no se iba a detener… –tomó unos segundos para continuar–, y la verdad, hoy estuviste demasiado provocativa con ese diminuto vestido –siguió regañándole, molesto–. No deberías haberte vestido de esa manera, conociendo que ese amigo tuyo está esperando una ocasión, como la de esta noche, para libar como una abeja a la flor. Está de más decirte que no deberías levantar falsas esperanzas en ese joven, cuando sabes que nunca vas a corresponderle.
– ¿Estás sermoneándome sobre lo que debo hacer o no de mi vida? –le preguntó molesta–. ¡Te estás pareciendo a mi padre con tus regaños! ¡Y la verdad… no tengo ganas de escucharte! –exclamó con zozobra–. Yo no tengo la culpa que él no haya entendido que no puedo corresponderle, se lo he dicho muchas veces, y él insiste –le aclaró–. Lo que sucedió esta noche no debería haber sucedido, eso lo sé, solo que estuve un poco aturdida, no sé qué me pasó, simplemente me dejé llevar. Me sentí atraída y cedí. Cuando tomé conciencia que eso era una locura, él… –dijo–, ya sabes, terminó dando por entendido lo que sucedió.
–Esta noche has cometido demasiadas locuras, Fran –le dijo sin rodeos, haciendo referencia a lo que había sucedido entre ellos en la otra habitación.
–Lo sé –respondió, no pudiendo sostener la mirada que estaba permanentemente estudiando sus reacciones. Estaba avergonzada por lo que había hecho, pero en el fondo no se arrepentía. Él había respondido a su repentino ataque. Eso significaba que no le era indiferente como mujer. Aunque sabía que Fede era demasiado sensato y correcto como para dejarse llevar por la pasión.
– ¿Y Lucy? ¿No temes lastimarla? –le preguntó sin reservas sacándola de sus pensamientos, y volvió a mirarlo–. Si los hubiera visto ella, seguramente la historia sería otra.
“¡Oh, no, otra vez con la creencia de que Lucy es mi pareja! ¡Que crea lo que quiera, ya me cansé de dar explicaciones a todos de mi vida!”.
–Lucy sabe lo que Luis siente por mí –le dijo con naturalidad–. No me juzga, ni me reclama por eso… es incondicional.
– ¿Qué clase de relación sostienen, que siendo tu pareja permite que otro te bese? –le preguntó con incertidumbre.
–Nuestra relación es de amistad sobre todo lo demás. Ni yo le reclamo a ella nada, ni ella a mí –replicó observando el rostro ensombrecido del hombre–. Además… yo estoy enamorada de otra persona –le dijo sin pensar.
– ¿Ah, sí? –indagó sorprendido por la repentina confesión–. ¿Y Lucy lo sabe? –le preguntó cruzándose de brazos.
–Sí, es la única que lo sabe –confesó tragando saliva.
–Ah, estoy comenzando a comprender. Tú y Lucy terminaron y estás saliendo con otra persona –le comentó tratando de armar el rompecabezas.
–Es mucho más complicado… de lo que parece –le indicó con la garganta seca–. Él no puede corresponderme.
– ¿Él? –preguntó perplejo–. ¿Se trata de un hombre?
Ella solo logró asentir en silencio. El corazón le palpitaba fuertemente, parecía que se le iba a salir.
Él se levantó en silencio, se acercó a la ventana de la habitación y observó unos segundos el exterior. Luego volvió a enfrentarla. Fran se había sentado en la cama.
– ¿Intentas decirme que los hombres también te interesan? –le preguntó intrigado.
– Los hombres no. Un solo hombre –le aclaró.
– ¿Y qué te impide estar con él? –le preguntó en tono bajo.
–Muchas cosas –contestó–. En primer lugar, él me ve solo como una amiga –le confesó con la voz temblorosa. Fede la observaba del otro lado de la habitación–. Además… él ya está… con alguien –dijo trémula.
–Así que de eso se trata… el exceso de alcohol y la pérdida de cordura de esta noche, se debe nada más y nada menos a que estás despechada por un amor que no te es correspondido –adivinó–. Es por eso que utilizaste a ese infeliz de tu amigo para ahogar tu frustración –aseguró con indignación–. Y lo que es peor… ¿intentaste seducirme a mí también? ¿Con qué propósito? ¿Demostrar que puedes tener al hombre que quieras?
– ¡Eso no es cierto! –se defendió molesta, moviéndose en la cama por lo que acababa de escuchar.
Él se acercó a la cama, hasta quedar parado a un costado. Se tomó unos segundos para observarla de arriba abajo, con detenimiento.
–Explícame, Fran, cómo puede ser que la dulce e inocente joven que conocí un día, se haya convertido en una mujer descontrolada y hasta peligrosa para los hombres –le dijo volviendo a posar su mirada en su rostro, esperando una respuesta.
–¡No voy a permitir que me trates como a una cualquiera! –replicó ofendida y sintiéndose impotente. De un salto se levantó para enfrentarlo. La indignación que sentía en ese momento la había hecho olvidar que estaba desprovista de ropa.
La mirada de él se posó en sus senos que bajaban y subían, luego descendió lentamente por su cintura hasta sus piernas, para retomar su hermoso rostro. Él la observaba con un ligero brillo en sus ojos claros.
La mirada invasiva del hombre la hizo darse cuenta de que se encontraba casi desnuda frente a él y que debía taparse. Se volvió bruscamente hacia la cama que tenía a sus espaldas, y tomó el cubrecama para cubrirse, antes de volver a enfrentarlo.
– ¿Quieres dejar de mirarme de esa manera?
–le dijo furiosa.
– ¿Cómo? –preguntó con falsa inocencia.
– ¡Deja de hacerte el desentendido! –lo acusó ofuscada–. Primero me insultas y luego me miras… así –le dijo acomodando el cobertor. La había mirado con un toque de admiración. Eso habían reflejado sus ojos cuando observó su cuerpo.
–No es mi intención ofenderte, Fran –se disculpó–. Intento tener una conversación civilizada contigo, pero evidentemente no se puede –dijo con firmeza–. Realmente te desconozco. Nunca pensé que podías convertirte en alguien así.
–Qué quieres decir con eso de… ¿“alguien así”?
–Por lo que he visto esta noche, te has convertido en una persona presumida, que no mide las consecuencias de sus acciones y, evidentemente, no te importa lastimar a las personas con tal de obtener lo que quieres y de que podrías terminar lastimada. Además, te has vuelto una persona impulsiva y sin control.
Sus palabras la afectaron muchísimo. Fueron como una bofetada a su corazón. No se lo esperaba.
Se sentó en la cama.
Tenía el peor de los conceptos formados de ella. La creía una persona sin escrúpulos.
– ¿Eso es lo que crees de mí? –preguntó entre dolida y consternada.
–No se trata de lo que yo crea o no. Es lo que has demostrado en este poco tiempo que estuve contigo –expresó con pena–. La joven inocente, desalineada y dulce que vi crecer, no la he visto reflejarse en ti esta noche, Fran. No sé qué es lo que haya sucedido en tu pasado para hacerte cambiar tanto… pero lo que sí sé, es que ya no eres la misma –declaró absorto, en voz baja.
–Me duele que pienses eso de mí –le dijo con los ojos húmedos–. Yo no ando por la vida lastimando a las personas. Lo que sucedió esta noche fue un error, me equivoqué. ¿Me vas a juzgar porque bebí excesivamente en el cumpleaños de un amigo e hice cosas indebidas? ¿O qué… nunca te has equivocado a causa del alcohol? –le preguntó desafiante.
–Lo que haya hecho en mi vida no viene al caso en este momento, Fran –replicó tajante–. Lo que estoy intentando entender es tu comportamiento –le dijo pasándose la mano por la cabeza mientras iba y venía. En un momento se detu- vo y se acercó nuevamente a ella–. Necesito saber de una vez por todas qué es lo querías hablar conmigo –le dijo sin rodeos, recordando el verdadero motivo por el que ella había ido.
–Ya te dije que no voy a hablar –le contestó.
Fede la tomó de los hombros y la acercó hasta estar frente a frente.
–Fran, estoy cansado de jugar al gato y al ratón, es hora de que hables –le pidió un poco exasperado.
–No puedes obligarme –manifestó–. Si tanto te interesa saber investígalo tú. A ver si te atreves a decirle la verdad a mi hermana. ¿O prefieres que se lo diga yo? –lo desafió.
–¡Estoy harto de tus provocaciones permanentes! ¡Es hora que hables y dejes este jueguito ridículo! –le dijo soltándola bruscamente. El repentino movimiento hizo que se enredara en el cobertor y cayera sobre el cuerpo del hombre, quedando solo con su lencería de color negro, cubriéndola.
Sus rostros estaban tan próximos, que Fran podía sentir la respiración agitada del hombre. Podía sentir cada músculo de su cuerpo.
–Fran… –pronunció en un susurro, clavando su mirada en los ojos color café de Francina.
“Dios mío… bésame”, pensó.
Ella se mordió el labio inferior. El gesto de la joven atrajo la atención del hombre que posó su mirada en sus labios.
Inesperadamente, y para sorpresa de ella, él aproximó su rostro y la besó con dulzura. El beso se profundizó, ha- ciéndola marear y vibrar en cada fibra de su piel.
Antes de que pudiera darse cuenta, él la hizo rodar, hasta quedar sobre ella. Su rostro estaba rígido y su mirada tenía un brillo peligroso que nunca había visto en él.
– ¿Te me estás ofreciendo, Fran? –le preguntó enfadado–. Tus ojos, y la forma en que respondiste al beso, no dejaban de pedirme que continuara… –le dijo–. ¿Te das cuenta lo que me pides?
–Sí, lo sé, pero deseo hacerlo –le confesó–. Deseo estar contigo.
– ¡Esto es una verdadera locura! –dijo, e intentó alejarse, pero ella se lo impidió–. ¡Nosotros no podemos hacerlo! –le reclamó–. ¡Deberías haberme detenido! –dijo, y con un suspiro, continuó–. Fran, estamos jugando con fuego y yo soy un hombre. No creas que es fácil para mí sobreponerme a tremenda tentación –le dijo tocando suavemente su cuello y bajando hasta el nacimiento de sus senos–. Eres muy hermosa, Fran… pero eres prohibida para mí –le dijo, deteniéndose para mirarla a los ojos–. Será mejor que vuelvas a la cama, y yo que me vaya, antes de que hagamos algo de lo que podríamos arrepentirnos toda la vida –le dijo intentando recobrar el sentido común.
–¿A qué temes? –le preguntó–. Yo deseo estar contigo –le dijo besándolo–. Quiero hacerlo –le confesó sobre sus labios.
–No tientes a la suerte, Fran… si comienzo… no voy a poder detenerme –le dijo tomando su rostro para alejarla–. Estamos caminando sobre las brasas, Fran.
Federico luchó por no dar rienda suelta al deseo que sentía en ese momento.
–Estoy dispuesta a afrontarlo –replicó con seguridad–. Es lo que quiero –le confesó–. Por favor… –le suplicó. La súplica de Fran le hizo olvidar su necesidad de distanciarse de ella y no le importó en ese momento dejarse llevar. Sucumbió a la tentación.
Federico, sin decir más, la tomó en sus brazos y la llevó a la cama. Se estaba dejando llevar por el deseo como jamás lo hubiera imaginado.
A Fran todo le parecía un hermoso sueño, del que no quería despertar nunca.
–¿Estás segura? –le preguntó recurriendo a los últimos vestigios de cordura. Ella asintió–. Buscaré protección –dijo, e intentó irse, pero ella se lo impidió.
–No, yo me cuido –le dijo a él. No quería que se fuera, te- mía que se arrepintiera o recobrara la cordura.
Él asintió, y comenzó a besarla de nuevo. Bajó a su cuello, sus senos y luego hasta su ombligo. Lamió y besó suavemente cada rincón despertando un fuerte deseo en ella.
Ambos estaban cegados por la pasión.
Le desprendió el sostén, y sus senos quedaron expuestos bajo su mirada. Él se tomó el tiempo necesario para observar cada rincón de su cuerpo, como si quisiera grabar en su memoria cada parte.
–Eres hermosa, Fran –murmuró, y comenzó a rozar con sus dedos sus pezones erguidos por el deseo. Luego bajó sus manos a sus bragas y la despojó de ellas.
Las mejillas de la joven habían adoptado un color rosáceo, porque se sentía un poco avergonzada a causa de que estaba completamente desnuda frente al hombre que siempre amó en silencio. Y él era tan experimentado en cuestiones del amor, mientras que ella se sentía vulnerable y torpe.
A pesar que deseaba con todo su corazón ser de él, sentía miedo de que él se desilusionase ante su poca experiencia y la repudiara por eso.
–Fran, ¿estás bien? ¿Quieres que me detenga? –le preguntó Federico observando su rostro acongojado.
–No, quiero llegar hasta el final –contestó con vehemencia.
–Aún estás a tiempo de detenerme –le advirtió–. Aunque ambos sabemos que nada volverá a ser lo mismo entre nosotros, pase lo que pase –le murmuró.
–Lo sé, pero no quiero pensar en el después, solo quiero disfrutar de este momento –le dijo acariciando su rostro y luego sus labios.
Esas palabras fueron suficientes para que él tomara la decisión de seguir. Se levantó de la cama y sin dejar de observarla, se quitó su remera y pantalón hasta quedar en bóxer. Ella pudo observar su perfecto torso desnudo, que había visto en muchas ocasiones cuando iba a quedarse a la casa de sus padres, pero que esta vez era solo para ella.
El hombre volvió a recostarse a un lado de la joven y tomándola por la cintura la arrimó y la besó. Ella le pasó los brazos por los hombros y él profundizó, más aún, el beso.
Antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba por suceder, él se despojó de su ropa interior y la poseyó suavemente, a tal punto, que la hizo temblar de temor y placer. Al darse cuenta que ella temblaba, se detuvo, y la miró como si quisiera preguntarle algo, pero se arrepintió. Sin pronunciar palabra continuó, y ya no pudo detenerse, hasta que ambos llegaron al clímax.
Cuando terminaron, el hombre se acostó a un lado de Francina con la respiración agitada y el cuerpo cubierto de sudor. Ella se cubrió con la sábana. Los dos estaban en silencio. Federico estaba pensativo mirando hacia el techo. Se tomó unos minutos, antes de volverse a enfrentarla, apo- yando su cabeza en una mano y desde su costado, empezó a observarla.
– ¿Estás… bien? –le preguntó intranquilo. Te noto tensa. Dime una cosa… ¿Eras virgen, Fran? –preguntó sin rodeos.
–Yo… –comenzó a decir y no pudo continuar. Estaba perturbada.
–Levántate –le dijo impasible–. Si no me lo dices, voy a tener que descubrirlo yo mismo.
–No hace falta –le dijo–. Esta fue… mi primera vez –le respondió en voz baja esquivando su mirada, estaba avergonzada porque podía palpar el enojo contenido de Fede.
El hombre se levantó, se vistió y volvió a observarla furioso.
– ¿Y por qué no me lo dijiste? –le preguntó sin poder disimular su cólera–. ¿No te das cuenta que eso hace que todo sea distinto? –exclamó fastidiado–. ¿Por qué yo? ¿Por qué me elegiste a mí, para perder algo tan preciado para una mujer, Fran? –le preguntó intrigado.
Ella no logró emitir palabra alguna. Él la odiaba por haberle ocultado su virginidad.
–Esto no debió suceder nunca –replicó arrepentido al ver que ella no contestaba–. Me dejé llevar como un jovencito impulsivo cuando debí negarme –le dijo–. Lo siento, Fran… transgredí todos los límites de la sensatez. Nunca tendría que haber sucumbido a tus encantos. Todo fue un gran error.
–Soy una mujer adulta, yo quise que esto pasara… no me obligaste –expresó.
–Fran, debiste detenerme –insistió–. Lo que sucedió entre nosotros jamás debió haber pasado. Ambos nos dejamos llevar por la pasión del momento y… –se detuvo unos segundos a meditar–. Cuando me mencionaste que estabas protegida… ¿me decías la verdad, o fue otra de tus mentiras?
Fran palideció y no supo qué contestar en el momento.
– ¿Y bien… no piensas contestar? ¡Y no te atrevas a mentirme! –le advirtió.
–Quédate tranquilo que no deseo embarazarme – manifestó molesta–. Existe la pastilla del día después. La tomaré y ¡santo remedio, señor González! –le dijo con ironía.
– ¡Maldición, Fran! –masculló–. ¡Esto no se trata de un juego! –replicó disgustado a causa de la actitud imprudente de la joven–. Debiste decírmelo desde un principio –la regañó–. En realidad, tendrías que haber sido sincera en todo conmigo. De esa manera hubiéramos evitado lo que pasó –le dijo–. Si yo hubiera sabido que nunca has estado con un hombre, no habría accedido a hacerte el amor. Y en cuanto al hecho de no ponerme en sobre aviso que no tomas nada para cuidarte, es una actitud irresponsable, y las consecuencias pueden ser graves… y eso lo sabes.
– ¿Quieres dejar de tratarme como una maldita imbécil? – estalló, se levantó y se vistió con la ropa interior para estar en igual condición que él–. Ya te dije que voy a tomar la pastilla anticonceptiva, no estoy tan loca como para tener un hijo tuyo. Lo que acaba de suceder sucedió porque ambos así lo deseamos. Sé perfectamente que fue una locura, que podemos lastimar a mucha gente, si se enteran, pero nadie tiene que saberlo –replicó–. Este puede ser nuestro secreto. Mañana lo olvidaremos y todo volverá a la normalidad.
Ella sabía perfectamente que nada sería igual, pero debía decirle algo para tranquilizarlo.
–Nada será lo mismo. Fran –le aclaró–. Transgredimos los límites, y jamás seremos los mismos de antes –expresó con pena. Sus ojos se cruzaron por un instante y ella pudo percibir la tristeza en la mirada de él.
–Pero ya no nos veremos como antes. Tú terminaste con Noelia y estás con alguien más, lo que significa que no nos volveremos a cruzar con frecuencia –dijo, para aminorar la culpa que él sentía. No soportaba verlo así.
–Sigo siendo amigo de la familia.
–Sí, igual no voy con frecuencia a Jesús María. Prefiero quedarme aquí, en Córdoba. Solo viajo en ocasiones especiales a ver a mis padres. Hoy estuve por allí porque mi madre estaba enferma, pero no acostumbro a ir seguido.
–¿Qué le pasó a Susana? –le preguntó preocupado.
–Nada grave, gastroenteritis.
–Bien –musitó–. Te llevaré a tu casa.
–No hace falta –se apresuró a decir–. Me iré sola, en un taxi.
–Insisto.
–Está bien –aceptó. Era la última vez que lo vería, quizás
por mucho tiempo. Estaba marcada por él, cada rincón de su cuerpo le pertenecía. Jamás podría olvidar ese momento, y mucho menos a él. Sentía en lo más profundo de su corazón que nada en su vida sería lo mismo. Hoy sentía que lo amaba más que nunca, y tenía un fuerte presentimiento de que nada sería fácil para ella, de ahora en adelante. Viajaron en silencio. Cuando llegaron al departamento de Fran, ya había amanecido. Federico detuvo el motor del vehículo y la joven se volvió hacia él.
–Gracias –le dijo.
Él no respondió, la observó en silencio unos minutos.
–Quiero que sepas que lo siento –murmuró–. Realmente me siento culpable por lo que sucedió. Espero que puedas ser feliz con ese hombre que hoy me contaste –le dijo sombrío–. Deberías intentarlo.
–Ya lo hice, pero no puede ser –respondió antes de bajar y alejarse. No podía volver a mirarlo porque sabía que se quebraría por dentro. Se estaba alejando del hombre que siempre amó. Estaba renunciando a su felicidad, por cobardía, y porque sabía que su relación con él nunca prosperaría. Su familia no lo aceptaría y los repudiarían.
Chapter test, please forgive me A a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a B b b b b b b b b b b b b b b b b b b b b b b b b b b b b b b b b b b C c c c c c c c c c c c c c c c c c c c c c c c c c c c c c c c c c c c c D d d d d d d d d d d d d d d d d d d d d d d d d d d d d d d d d d d d d E e e e e e e e e e e e e e e e e e e e e e e e e e e e e e e e e e e e e F f f f f ff f f f f f f f f f f f f f f f f f f f f f f f f f f f f f f G g g g g g g g g g g g g g g g g g g g g g g g g g g g g g g g g g g g g H h h h h h h h h h h h h h h h h h h h h h h h h h h h h h h h h h h h h I i i i i i i i i i i i i i i i i i i i i i i i i i i i i i i i i i i i i J j j j j j j j j j j j j j j j j j j j j j j j j j j j j j j j j j j j j K k k k k k k k k k k k k k k k k k k k k k k k k k k k k k k k k k k k k L l l l l l l l l l l l l l l l l l l l l l l l l l l l l l l l l l l l l M m m m m m m m m m m m m m m m m m m m m m m m m m m m m m mm m m m m m N n n
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DOUBLE HAPPINESS Mrs. Adel and Russo followed the two nurses with the twins to the nursery room, to make sure where the babies were placed. The twins were very special babies in the nursery room. The two nurses can not just leave the babies, they were assigned to take care of the babies properly and protect them. There were two securities guarding the nursery room. Babies being brought would be checked first. After Jade was brought out from the operating room, she was brought up to the VVIP hospital level. The floor level was only for Medrex Family Hospital Ward, it was not used for other patients unless Master Javen allowed.&n
Estaba emocionado, ese día era su gran debut, se había levantado temprano y había acudido al circuito con su padre, mientras que su madre, sus hermanos y su novia, llegarían posteriormente para ubicarse en la tribuna Fangio, situada a lo largo de la recta principal, donde podían darle seguimiento a la actividad previa y posterior a la carrera, así como a la apasionante salida y la memorable meta.Al llegar al circuito, una de las primeras personas que vio fue a su amiga Camilla que estaba en el pit stop con otros mecánicos, haciendo las últimas revisiones a los monoplazas de su escudería que participarían en la carrera, la chica cargaba la braga que la identificaba como mecánica de la Scudería Ferrari, al verlo salió del Pit, hacia un pasillo, Taddeo la siguió y la inc
Antonia estaba jugando tenis, con Alondra y Matteo en una de las canchas de la villa, mientras Nick y Sophía los observaban, cuando se dio cuenta de la llegada de Sebastián y uno de los gemelos, que estaban siendo acompañados por una persona de servicio hacia Nick y Sophía, donde se saludaron y se quedaron conversando; ella extendió su mirada hacia ellos y supo que el niño que lo acompañaba era Camillo, eso la sorprendió un poco, pero ya sabía que era Anabella y aunque no recordaba, esto era otro indicio de quien era realmente, ¿Por qué cómo se podía explicar que una desconocida supiera identificar a unos niños que son exactamente iguales físicamente? porque de carácter eran muy distintos, uno era más tranquilo, metódico conciliador, raramente creaba conflictos el otro era impulsivo, irreverente, combativo, aunqu