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Chapter 0129

Author: GN002
last update Petsa ng paglalathala: 2023-12-02 07:52:36

chapter 66

Martín se encontraba pescando en un pequeño riachuelo cercano a la cabaña, había cortado leña como todos los días, sus perros esperaban a su lado que terminara su tarea.

Habían transcurrido tres meses desde que había decidido enclaustrase en ese cabaña, solo había salido a comprar comida dos veces, se mantenía a base de pescado y verduras que habían en un pequeño huerto en un cobertizo que funcionaba como vivero, el ejercicio físico había tonificado su cuerpo, ahora tenía mucho más marcado sus bíceps, tríceps pectorales, por lo que se encontraba en mejores condiciones física. 

 

En cuanto a otros contactos externos, se había comunicado con su madre un par de veces y con Marcos, quien cada vez intentaba darle información sobre la empresa, pero a decir verdad poco le importaba, de Marino había sabido que estaba trabajando organizadamente con su hermano, prestándole todo el apoyo, no quiso preguntar si aún mantenía alguna relación con Amarantha, no quería saber de ella, aunque su corazón se había negado a olvidarla y continuamente ponía a su mente en apuros, sin embargo, esta siempre terminaba dominando, convenciéndolo de que esa mujer era pasado y no valía la pena recordarla.

 

No obstante, el par de veces que había ido a la ciudad, cuando encendía su teléfono móvil, le aparecían cientos de llamadas y mensajes de Amarantha, pidiéndole perdón, en los últimos le indicaba que era de vida o muerte comunicarse con él, que por favor la llamara que tenían algo importante que tratar, pero él no estaba dispuesto a seguirle la corriente a esa mujer, no merecía ni siquiera que leyera sus mensajes, por esa razón terminó bloqueando su número para mensajes, llamadas, en las redes sociales, mientras menos posibilidades tenía de poder contactar, mayor probabilidades había que no se diera por vencido y terminara cediendo.

En un par de días sería navidad, recordaba que esa había sido su fecha preferida del año, pero por primera vez, la idea de celebrarla no le resultaba atractiva, era sorprendente como la vida te cambiaba en un segundo, jamás imaginó hace un año que estaría allí en un lugar inhóspito, lejos de su familia, sin la mujer que amaba y con casi nada que hacer, pero si algo había aprendido durante todo ese tiempo, es que la felicidad es efímera, era necesario aprovechar y disfrutar cada instante, cuando sentías que no te faltaba nada; porque lamentablemente esos solo eran pocos momentos que debían ser atesorados, para cuando llegásen los días malos.

Se encontraba en esas cavilaciones mientras limpiaba los pescados que congelaría para comer en los próximos días, porque de acuerdo a la información que escuchó en la radio, único medio de comunicación que se permitía, estaban pronosticando una gran nevada, lo cual significaría que podía quedar aislado por un par de días, si era muy fuerte hasta una semana. Cómo si eso le importase ya mucho, no hablaba con nadie, y a decir verdad la soledad era su mejor compañera porque de esta manera nadie lo traicionaría. “¡Malditos traidores!” pensó mientras le aplicaba más fuerzas a un pescado que cortaba volviéndolo añicos, imaginándose que eran el par de desgraciados.

—Juro que algún día les haré pagar por lo que me hicieron, sobre todo a ti Marino, que eras como un hermano para mi, que ciego fui, pero de ahora en adelante todos serán culpables hasta que demuestren su inocencia—pronunció aviva voz. Luego continuo pensando “Amarantha se hizo pasar por ingenua, tímida, ¡Por Dios! Si hasta había creído que nunca había estado con ningún hombre, porque eso le había hecho creer, pero ahora al analizar retrospectivamente la situación, se daba cuenta que siempre había sido una falsa y como nunca había estado con una mujer, solo con ella, no tenía forma de comparar, había sido un completo tonto”

***********************************************

Dara Malika, se encontraba en su residencia preparando su equipaje para partir a visitar a sus padres, en un principio pensó que los visitaría a Milán, pero a última hora le habían informado que habían decidido pasar las navidades en una de las cabañas que tenían en el norte de Italia, por eso estaba allí armando su equipaje, suficiente ropa, comida navideña, bebidas, regalos para sus padres y otros por si tal vez …interrumpió esos pensamientos recriminándose—¡Ay Dara! —se dijo—nunca te cansas de esperar un milagro de navidad, olvida eso de una vez por todas, tienes años esperando lo mismo y nunca se da, dicen que la esperanza es lo último que se pierde, pero si no quieres seguir sufriendo, no esperes nada de nadie para que no vivas decepcionada, se aconsejó.

Bajó del tercer piso donde estaba la habitación y la pequeña cocina que compartía con un chico español llamado Augusto Leonel, un chaval bastante encantador y su mejor amigo, protector en gran medida, era la persona en quien descargaba su tristeza, frustraciones, alegrías, conocía sus estados de ánimo como nadie y siempre procuraba cambiarlo si no le era favorable, llevaba su maleta la cual pesaba demasiado, lamentablemente no sabía cómo era viajar ligera de equipaje, aunque no era una mujer vanidosa, pero llevaba libros, chaquetas, abrigos porque era friolenta en exceso, más los regalos que llevaba.

 

Mientras bajaba poco a poco cada uno de los peldaños con bastante esfuerzo, apareció su amigo —Dara ¿Qué haces? ¿Y esa maleta tan grande?

 

Ella lo vio esbozando una fresca sonrisa —¡Hola Augusto! Es que voy de viaje al norte de Italia, a visitar a mis padres por un par de semanas.

 

—Dara tus padres viven en Milán y por el tamaño de tu maleta dirías que te vas a vivir para allá—pronunció el chico, sin dejar de mirarla quitándole la maleta de la mano—mujer si eres más chica que el equipaje, con ese metro cincuenta de estatura—expresó sonriendo, la había visto melancólica y quería distraerla de esos pensamientos que le provocaban esa actitud.

Efectivamente a Dara le molestó sobremanera que hiciera chistes sobre su estatura y se ofendió con su comentario, de inmediato le repicó muy enojada—Mi tamaño no debe ser objeto de burla para ti, además no mido un metro cincuenta—manifestó mientras se erguía en su metro cincuenta y cinco—además, mis padres estarán pasando unos días a donde voy y para tu información los mejores perfumes vienen en envases pequeños— indicó con orgullo.

—Y los venenos también—pronunció su amigo soltando una carcajada mientras bajaba con la maleta a pasos rápidos dejando a una joven muy enojada.

—¡Pasado! Claro como pareces una vara para tumbar cocos—iba diciéndole mientras corría para darle alcance a Augusto. Cuando llegó abajo su amigo ya estaba recostado de la puerta de su auto, un Fiat Punto de color blanco.

—Mali—pronunció el chico, así le decía cuando había algo respecto a ella que le preocupaba—Llevas muchas cosas, porque no te vas en avión, son seiscientos cincuenta kilómetros de recorrido terrestre, una chica sola, recorriendo de un extremo al otro del país, te acompañaría pero debo ir de visita donde mi familia, pero me preocupas, te sale más económico pagar un boleto aéreo que irte en automóvil.

—No Augusto, tranquilo, conduzco muy bien, tengo preestablecidas paradas, además en avión no podría llevar todo lo que tengo pensado, llevo pavo, carne de cerdo, dulces, ni con tres maletas en avión podría trasladarme, además tú sabes que le tengo terror a los aviones— expresó la chica de ojos ámbar y cabello castaño, mientras miraba con inocencia y un puchero a Augusto, quien no perdía detalle de sus gestos.

 

Era una chica ingenua, trabajadora, acostumbrada a obtener todo a través de su trabajo, aunque quería estudiar ingeniería industrial, no lo hacía porque no podía costearse una carrera universitaria, porque ella misma se pagaba los cursos académicos y en sus horas libres trabajaba, preparaba comida y las repartías a domicilio porque era una buena cocinera, a pesar de que sus padres tenían la capacidad económica para hacerlo, ella prefería no pedirles nada, lo único que había aceptado era una ayuda económica para comprar el vehículo de segunda mano que tenía.

 

Augusto la tomó por el rostro, mientras observaba su mirada de confianza quería tanto besar esos labios, pero se contuvo no podía hacerlo, porque estaba seguro que si lo hacía ella se alejaría asustada de su lado y prefería vivir a su lado viéndola sin tener nada que besarla y perderla.

 

—¿Por qué me estás mirando de esa manera tan extraña? —preguntó la joven, aceptando la caricia de su amigo.

—No pasa nada criatura, abre el auto para subir la maleta y buscar las otras cosas—ella obedeció.

 

—Sabes gigante, me contenta tanto que hayas llegado a tiempo para ayudarme, porque si no iba a terminar totalmente cansada de tantos viajes que iba a hacer para traer las cosas, gracias por tu ayuda—pronunció abrazándolo mientras el chico respondía contento a su gesto, percibiendo su especial aroma.

Terminaron de cargar el auto, y al terminar pidieron una pizza para comer mientras ambos conversaban animadamente, como a las nueve de la noche, Dara se acostó a dormir, a las cuatro y media de la mañana se levantó, se bañó y vistió, se preparó unos sándwiches en la diminuta cocina. Cuando iba a salir Augusto se levantó, la abrazó y se despidió besándole la frente.

 

—Cuídate criatura, no confíes en nadie, no todo el mundo es bueno, hay gente mala, cruel, mantén protegido tu corazón, porque no quiero que sufras.

 

—Tonto a caso crees que voy a estar consiguiendo un montón de chicos por allí, para empezar no soy una mujer deslumbrante, capaz de provocar bajas pasiones en los hombres—pronunció con voz cantarina.

 

—Eres mucho mejor que esas chicas frívolas y falsas de negro corazón, porque el tuyo es de oro, tu inocencia  espontaneidad, son tus atributos más deseables—manifestó con seguridad.

 

—Dices eso porque hablas el lenguaje del corazón, soy tu amiga y me quieres y allí pierdes objetividad—pronunció dándole un gran abrazo.

 

Se despidieron ella se montó en el auto, al salir eran casi las seis de la mañana, empezó su recorrido, encendió la radio y comenzó a escuchar música romántica de diversos artistas italianos, Nicola Di Bari, Umberto Tozzi, Sandro Giacobe, Salvatore Adame, Gianluca Grignani, mientas cantaba por todo el camino, hizo su primera parada en Bolonia cuando habían transcurrido tres horas y treinta y ocho minutos de su salida, tanqueó el auto de combustible, comió pizza nuevamente pues era su plato preferido y le parecía lo más práctico, después de media hora siguió su camino.

A las dos y media de la tarde estaba llegando a la población de Courmayeur, se sentía cansada, nunca había manejado tantas horas, en ese momento había comenzado una gran nevada que estaba empezando a cubrir todas las calles de la ciudad, hizo una parada allí y apenas en unos minutos se percató que se había desatado una tormenta, sin embargo, decidió llegar a la cabaña de sus padres, luego de un recorrido de más de cuarenta y cinco minutos por una carretera estrecha, el auto deslizó y se coleó producto  de la nieve que había comenzado a compactarse y cayó en una zanja.

 

Dara intentó sacar el vehículo pero se encajonó más, luego de intentarlo por más de media hora, minutos después se dio por vencida y decidida salió del auto pues el mismo se había apagado y no pudo encenderlo, si se quedaba allí se congelaría, se dirigió al maletero, sacó una gruesa chaqueta y emprendió el camino, estaba a cuatro kilómetros de una cabaña de sus padres y a ocho kilómetros de donde ellos se encontraban, pero pensaba llegar a la primera cabaña y resguardarse allí hasta que pasara la nevada.

Comenzó  a caminar primero con rapidez, pero a medida que fue transcurriendo el tiempo sus pasos se hicieron lento, la nieve no arreciaba, en poco minutos se empapó totalmente, sus cortas piernas no eran mucha la distancia que podían recorrer en tan poco tiempo, comenzó a sentirse mal, las bajas temperaturas habían hecho mellas en ella,  llevaba media hora  y aún le falta un kilómetro para llegar, hacia un par de minutos había comenzado a tener escalofríos, los dientes le castañeaban, se sentía extraña como flotando en una nube, siguió caminando hasta que fue inevitable que se desplomara en la entrada de la cerca para la cabaña e inmediatamente cayó en la inconsciencia.   

“El destino tiene dos formas de aplastarnos: rechazando nuestros deseos o cumpliéndolos”.  Henri Frederic Amiel.

                          

 

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