LOGINAlgunos creen que en todos los cuentos hay felices para siempre, parejas bonitas, mundos perfectos; pero la verdad es que en la obra humana la perfección llama al desastre. Aquel hombre había construido una antena parabólica improvisada solo para, desde su “casa” en la Isla de las Rosas, poder ver a duras penas el telediario extranjero de Unión Norte a las 8:00pm. Sentado frente a la televisión cruzaba los brazos sin pestañear ante las noticias espeluznantes:
_ Marta_ exclama indignado un hombre dando un golpe en la mesa._ No tienen justificación. Destruyen a la naturaleza para remplazarla, nuestra madre ha perdido la lucha. Los gobiernos ensañados en superarse los unos a los otros demacraron al planeta Tierra. Tigres, koalas, rinocerontes, gorilas; más especies de las que puedo contar con dedos de manos y pies, destruidas por el único ser con raciocinio. Quizás la extinción de esta plaga si sea la verdadera salvación. El Virus-C ha asolado cada país iniciando en Alejandría y expandiéndose a Unión del Norte como eje central, las muertes ascienden a un 40% de la población. Este virus no respeta esferas sociales. Varios países tercermundistas ya colapsaron porque sus gobernantes ya suman uno más al número de fallecidos.
_ Pero Jeorge, en las redes sociales circula un rumor incluso más preocupante. Investigadores pensionados por Troya, la sede superior de la Iglesia Católica, han descubierto adulteraciones en el ADN del virus; cambios que no ocurren evolutivamente sino que parece que fue manipulado a conveniencia. La Iglesia afirma que esto se debe al uso de bujería en los métodos científicos de investigación.
_ ¿Qué sugieres? ¿Qué hay laboratorios produciendo la enfermedad con ayuda de brujas? ¿Te escuchas? ¡Es una locura! ¡Las brujas no existen, Marta! Excepto mi suegra. No hay pruebas de que existan y lo sabes.
_Tampoco hay pruebas de Dios y crees en él._ sentencia la locutora y se inclina mirando a la cámara con semblante convincente_ La crisis va más allá aun. Los gobiernos se culpan entre ellos y ya se han declarado la guerra para erradicar el terrorismo biológico. Troya se declaró oficialmente este año como el país más rico del mundo. Acaban de fundar la Nueva Inquisición y apoyará al que acepte hacer su Cacería de Brujas, de eso estoy segura.
_Pues habrá que esperar y ver si los humanos somos tan humanos como nuestro nombre indica. Y ustedes que nos están viendo, no olviden mantener la higiene; quédense en casa y al primer síntoma acudan a su hospital más cercano. No se levante de su sillón, seguimos con el debate después de los comerciales.
Frente al televisor un hombre robusto se levanta de su sillón llevando las manos a su cabeza rapada. Paredes desvencijadas, moho pestilente adueñándose del techo, ventanas de cristal roto y un sofá azul desgastado y con muelles saliendo de lugares insospechados. Un frío recorre su columna vertebral haciendo que su cuerpo se fundiera con su mente en una espiral de conmociones. Pensar con claridad no era una opción. ¿Qué significaba todos esos gritos televisados que informaban acerca de un holocausto entremezclado con magia? ¿Qué pasaba en aquel mundo que parecía no dar más que pasos en falso? Ya el hombre había dejado de ser humano hace mucho tiempo; aunque recién lo descubrieran. Sus ojos se abrían como platos y se cerraban con fuerza solo para volver a abrirse viendo que aquello no era la pesadilla que él quería que se desapareciese al despertar en la mañana. Que una taza de café le levantara la sonrisa ya caída por los años, que no eran tantos pero sí sufridos.
Gira sobre sus pasos respirando fuerte y doblegando sus pensamientos ante el caudal de injurias y lamentos que recorrían su mente. Sus ojos se posan sobre dos pequeñas niñas que con manitas ágiles construían un castillo con cubos desarmables. Otro escalofrío llegó hasta la base de sus oídos, aquellos ángeles dependían de que tan fuerte el pudiera apretar la mandíbula. Sus dedos toscos, llenos de cicatrices acariciaron su barba tupida. Con pasos sobre el suelo hueco camina hasta las niñas que cada cierto tiempo miraban a los ojos de aquel gigante de tres metros; o así lo veían ellas.
Flexiona sus oxidadas rodillas intentando simular la altura de sus pequeñuelas. Queda frente a ellas con una de esas miradas que más que tristeza exhalan el último suspiro del alma, una esperanza que se marcha de la mano de los sueños. No los suyos, él había tenido una niñez bonita, rodeada de amigos, familias y juguetes de “macho” como decía su abuela. Había crecido y aprendido a masturbarse por los consejos de un primo par de años mayor. Tuvo su primera novia y el amor de su vida. Luego vino el segundo amor de su vida, el tercero, el cuarto, el quinto hasta que un día dejó de contar y encontró realmente al amor de su vida; que terminaría no siéndolo, pero sí engendrándole a los verdaderos amores de su vida; esas dos niñas que crecerían sin esperanza y sin sueños; si es que llegaban a crecer.
Nadie sabría decir cuál de las tres miradas era la más inocente. Cambiaron de repente cuando el ruido ronco de una tos estremeció el delgado cuerpo de la niña más grande que rondaría los doce años. Paliducha y desdichada fue levantada en brazos por el padre exasperado, ante la mirada curiosa de la otra, que no sobrepasaría los diez. Tras unas palmaditas en la espalda el hombre se percata de que en su hombro pequeñas manchas de sangre vaticinaban malos augurios. Las mejillas de la niña no eran rosadas ni brillantes, unas llagas amarillentas y rosáceas destruían la belleza de la infancia, escamando la piel. Carlos, el padre, sintió como su estómago se encogía y su corazón formulaba preguntas que el cerebro era incapaz de responder. ¿Por qué a ella?
Sus ojos se llenaron de lágrimas gruesas que no tardaron en humedecer sus mejillas; cada una más repleta de sentimientos que las anterior. Haciendo contorciones faciales indescriptibles, aun protector, se acercó a la ventana negando que fuera real. Edificios destruidos eran el paisaje más atractivo que se encontraría, a menos que fuera un amante de las calles desiertas y los cuerpos amontonados. En el centro de la carretera una pira de carbón y madera se prendía cada mañana. Hombres con trajes amarillos lanzaban como sacos los cadáveres para incinerarlos masivamente.
El Gobierno de La Isla de la Rosa al inicio del brote había adoptado medidas que erradicaron casi por completo la taza por contagio pero ineficiencias en el pensamiento lógico de sus directivos, como reabrir las fronteras antes de tiempo ocasionaron un rebrote que multiplicó en diez la fuerza del anterior. La isla tercermundista sufriente del éxodo masivo de profesionales perdió a un por ciento considerable de médicos. Los hospitales, que de por sí se encontraban en deplorables condiciones, ahora cumplían más la función de funerarias que de hospitales; aunque las funerarias tampoco daban abasto. Antes de colapsar el gobierno dictó la Ley Marcial; las fuerzas militares masacraron miles de civiles que violentaban el toque de queda y contribuían a la proliferación de la enfermedad. La cremación de los cadáveres también era obligatoria, pero toda medida fue poca. El 80% de la población se infectó y el estado fue incapaz de amansar ni a la enfermedad ni a su pueblo que lo acusaba de corrupto e ineficaz. La Ciudad Capital sufrió una entrada repentina de inmigrantes de todas las zonas del país, que buscaban atención médica. Esto dio lugar al hacinamiento y la difusión más veloz del Virus C. El vandalismo y la violencia llevaron al colapso total del gobierno cuyos principales dirigentes fueron asesinados; y con una población incapaz de aceptar una organización líder la anarquía triunfó desatando olas de robo y asesinato. Estaban abandonados a su suerte.
La mente de Carlos daba vueltas sin hallar consuelo. Sostenía a aquella muñeca inerte entre sus brazos mientras la agarraba con fuerza como quien quiere evitar lo inevitable. Él era un hombre fuerte, pero el acero que parecía forjar su cuerpo no recubría su corazón. Estaba devastado y lo sabía, intentaba fingir una falsa calma porque cuando un pilar se desmorona no quedan techos ni cimientos, y le debía, a su otra hija, tanto amor como el que le profesaba a la que escudaba en brazos. Por desgracia los abrazos no son escudos para las enfermedades. Dos meses a tras su esposa y madre de las niñas, había sido jalada por la mano de La Muerte; quien la condujo lentamente y agonizante a un adiós espantoso. Carlos no dejaba de pensar en aquella mujer retorciéndose, clamando ayuda y arañando sábanas en intentos desesperados por respirar. No podía concebir igual muerte para su hija mayor. Una y otra vez se culpaba inútilmente como si eso fuera a regresarlas o curarlas. Quería dar su vida a cambio pero con la Huesuda no funciona así. A diferencia de Ami que agonizaba en brazos del padre, Carlos y su hija más pequeña, Milla parecían no inmutarse con la enfermedad. Ni una tos preocupante, ni un sangrado, nada. Eran completamente inmunes. Al menos se alegraba de la seguridad de Milla; por ahora.
_ ¿Papá, mi hermana se convertirá en una mariposa y volará junto a mamá?
Aquellas palabras lo sacaron de su trance y le partieron en el alma en dos el alma de Carlos que intentando sonreír improvisó un “Sí” como respuesta y respirando con fuerza llevo a la enferma a su habitación. Con los hospitales destruidos y las farmacias saqueadas, la posibilidad de encontrar algún medicamento era nula; cada poro de su cuerpo se erizaba previendo un final inevitable. Recuesta a la niña en su almohada que aún conservaba un color rosado claro. Palpó la frente hirviendo de la niña y toma un bote de pastillas que guardaba en la encimera. El último Ibuprofeno. ¿Y si con este último la fiebre baja y el Virus se rinden, y si este es el que la cura?
Lo machacó sobre la mesita, echó el polvo dentro de un vaso con agua y se lo hizo beber con dificultad, depositando su última esperanza en aquella sustancia traslúcida. Ese día la fiebre bajo a unos 39 grados pero transcurrió tranquilo. Día tras día padre y hermana colocaban en su frente paños de agua fría, en sus axilas cáscaras de plátano y huevo, un poco de alcohol en su cuello; todo lo que sus padres y abuelos les habían hecho a ellos cuando se enfermaban; a veces funcionaba, a veces no. Para alimentar a la doliente llevaban a su boca cucharadas de un caldo soso con lo poco que Carlos podía obtener en aquella ciudad destruida. Ratas, insectos, algún que otro ave que caía en sus trampas. El estómago débil de la niña se había vuelto incapaz de digerir comida alguna, y terminaba por vomitar todo lo que tocase sus labios.
Carlos se volvía loco entre aquellas tétricas paredes viendo la inocencia de un alma en pena. Se armó con su escopeta de cartuchos, cerró la entrada de un portazo con ira en sus puños y salió a buscar entre los escombros de farmacias. Milla se quedó sola con su hermana mirándola con esa tristeza que solo sienten los niños, incapaces de comprender el cómo y por qué de las cosas. Veía como su otra mitad se desvanecía. No había visto a su madre morir pero la imaginaba acostada al lado de su hermana con iguales dolencias. La imagen maternal le sonreía calmándola un poco y miraba hacia la otra niña. Milla rompe a llorar, se acerca a su hermana con voz sollozante y susurrando jerigonzas inventadas:
_ Vive, memor mortis, mors certa, vita incerta sed dum spiro, spero.
Toco el brazo lleno de llagas sanguinolentas y sintió como su cuerpo le comenzó a pesar. Cansancio, pesadumbre, un ligero dolor en el pecho… pero su doliente hermana dejó por un momento de toser. Sus ojos blanquecinos, probablemente media ciega producto a las altas fiebres, se abrieron buscando entre las sombras a su hermana menor. Mueve sus deditos huesudos buscando los de su hermana.
_ No temas, las mariposas son lindas._ dijo la enferma entre inhalaciones torpes.
Sobresaltada Milla quitó las manos de pronto, Ami llevaba semanas sin decir palabra alguna; la hermana pequeña deja de pronunciar sus jerigonzas y se levanta del suelo asustada. En ese preciso instante Ami comenzó a convulsionar expulsando espumarajos y sangre mientras intentaba tomar bocanadas de aire sin éxito. Las llagas en su piel se volvieron verdosas y secretaron un pus virulento. Sus ojos se llenaron de sangre que se desbordaron de lágrimas rojas. En el preciso instante que Carlos entraba por la puerta y corre hacia la niña tirando al suelo la mochila vacía. Intentó frenar el ataque con respiración boca a boca a pesar de los vómitos de sangre. Presionaba el pecho de la niña una y otra vez desesperado mientras Milla corría y se escondía en el closet, agachada y encogida, bañada en llanto. Todo intento fue en vano. Tras unos minutos que parecieron eternos el cuerpecito de Ami quedó inerte tendido sobre la cama… sin vida.
Esa noche Carlos estalló. Sacó todo lo que había estado guardando solo para sí. Lloró tanto que ya no brotaban lágrimas. Escondía su rostro entre las manos para que Milla no viera, pero era imposible, los niños no son tontos. Carlos se acercó al closet y se sentó dentro junto a la niña.
_ ¿Aquí te sientes segura?
_ Un poco.
El hombre no sabía que más decir, así que solo abrazó con fuerza al único amor de su vida que seguía vivo. Intentó nuevamente protegerla entre sus brazo de acero queriendo que por una vez funcionara. La voz de la niña le interrumpe haciéndolo abrir los brazos y observarla seriamente.
_ Ami parecía haber mejorado por unos segundos, y justo después de que yo dijera esas palabras… ella… ella…_ Milla se culpaba una y otra vez sin poder despegar de su mente la forma tan espantosa en que su hermana convulsionaba.
_ ¿De qué hablas Milla?_ preguntaba en tono dulce e intenta explicar con palabras de niños_ No es tu culpa, Ami estaba enfermita. Ahora ella nos cuida junto a mamá desde el cielo. Nosotros tenemos que cuidarnos mutuamente. Y tú eres una brujita buena.
Se para y dándole la mano la convence de salir del búnker en el cual se había convertido aquel closet. Esa noche envolvieron el cuerpo de Ami en sus sábanas de princesas favoritas. Encendieron la pira de la calle y cremaron el cuerpecito mientras las lágrimas parecían querer apagar las llamas.
El día siguiente trascurrió lúgubre pero tranquilo. Carlos aseguró con tablas las ventanas rotas y ya tenía hecha la cena, que no era más que el mismo caldo soso de siempre. Se sentaron juntos en el sofá y al llevarse la cucharada a la boca recordó cada intento que hizo de dársela de comer a su retoño ya marchito; y aunque Milla preguntó que ocurría su respuesta solo fue que estaba muy rico. Al final de la cena Carlos conecta la antena improvisada, y se sienta frente a la televisión que casi prefería tener apagada. Contrario a su deseo la enciende y pone como siempre el telediario de las 8:00pm, pero esta vez había algo raro. Desorden, caos, miedo en las miradas y temblores en las voces.
_Después de todo tenías razón Marta, Unión Norte, Este, nuestro Gigante militar colapsó luego del fallecimiento de su presidente y el contagio progresivo de la camarilla de diputados. Se les advirtió que no hicieran debates presidenciales pero el conocido Presidente Loco insistió diciendo que era seguro… y se equivocó. Aquí estamos señores, esta será nuestra última emisión hasta que alguien tome el poder en este país de trastornados.
_Jeorge. Aprovechando esta brecha en el sistema, un famoso grupo de Hackers desclasificó archivos que evidencian el trabajo con cónclaves de brujas para utilizar sus conocimientos folclóricos en plantas y putrefacción. Este ha sido más devastador que la Peste Negra.
_ Sigo sin comprender como podrían influir las brujas, la magia, todo. No existe, o si, o… Tengo una noticia que darles a todos, ayer me sometí aun diagnóstico al Virus-C y resulté postivo asintomático. Es demasiado para mí; los siento Marta, a partir de hoy estás sola.
El locutor con mirada perdida saca del bolsillo interior de su chaqueta una pistola Colt M1911 negra. Marta lanza un grito de terror quedando estupefacta mientras Jeorge se la lleva a la boca con las manos temblorosas. Mira a la cámara con los ojos desorbitados, realiza tres respiraciones desesperadas y jala el gatillo bañando en sangre a la locutora. La imagen habitual de trasfondo se convirtió en una pantalla verde llena de manchurrones de sangre y sesos.
Carlos le dio una patada al televisor intentando que Milla no viese tal escena pero era demasiado tarde. Los ojos de la niña se desbordaban de sus cuencas cerniéndose sobre ella una nube de amargura que borró la poca inocencia que podría tener una niña en medio de una pandemia. Sintió como sus huesos crujían, como la bala atravesaba su cráneo chasqueando las paredes óseas y batiendo en su interior el cerebro hecho grumos. No era su sangre, ni su cráneo, ni sus sesos, pero sintió como si lo fuesen y apretó sus deditos frágiles en el brazo del sillón dejando marcadas sus uñas. Con solo diez años se dio cuenta de que la verdadera heroicidad es vivir, o sobrevivir, sinónimos desesperados cuando el alma calla y el silencio se hace eco de latidos que se frenan. Será que lo abrumador de la muerte radica en su simpleza.
El padre protector no tuvo brazos para escudar a su hija, no por falta de intentos de abrazarla sino porque la pequeña de ojos perdidos se desparramaba entre sus brazos como una de esas muñecas huecas cuyos ojos se mueven como locos, pestañean y dicen “Te quiero”. Logró que la niña lo mirara a los ojos a la voz de:
_Milla estás bien, eso era solo una película, es mentiras._ esa mentiras blancas fueron cortadas por la frase más escalofriante que él jamás había escuchado.
_Me alegro por él, pudo elegir.
Las palabras que escupía como espadas cortaron el alma del padre que luchaba a golpe de corazón contra los desmanes de un mundo desalentador al borde del cataclismo. Su ángel atravesaba por los horrores del infierno y él simplemente era un Noé sin arca. La niña mutó de mariposa a crisálida, borrando esa inocencia que la hacía volar tan luminosa, y creó corazas de frialdad que más que proteger destruían. No era la misma. Pasaron las horas, luego las noches y par de semanas sin que se escuchara palabra alguna en la casa. Pero en su interior las voces invadían los pensamientos de la pequeña:
_Es tu culpa, podías haber salvado a tu hermana. Eres una bruja, no eres buena, absorbes la vida. Mataste a tu madre, a tu hermana, el presentador de televisión, matarás a tu padre…
Veía a su padre llorar y sintió que quizás las voces estaban en lo correcto. Pero Milla no estaba loca, ella sabía que esas eran sus propias voces. Discernía que no habían demonios susurrantes ni sombras en los armarios. Que sus propios pensamientos la acosaban y que si dejaba de pensar desaparecían. Mientras estaba sentada sobre un montón de ropas viejas cantaba viejas tonadas de Nieves, una negra esclava de antaño cuyas canciones eran tradicionales. Carlos se acerca sutilmente y con tono comprensivo señala que deben hablar:
_Cuando el mundo se derrumba solo quien levante las rocas sobre su espalda puede sobrevivir pero si dejas que el peso de las piedras se acumule y doblen tus rodillas no podrás pararte, por eso siempre es bueno cargar con la roca y deshacerse de ella. Llevas sobre tus hombros un peso que tus manos no resisten y se están doblando tus rodillas… ¿No crees que es tiempo de poco a poco construir tu propio castillo con todas esas piedras que cargas?
_Solo quedan castillos en cuentos de hadas… nosotros no tenemos hadas madrinas ni finales felices, así que no estamos en uno. Cargaré con mis piedras, son lo único que me quedan.
_Entonces te ayudaré a cargarlas, dame unas cuantas y yo te daré algunas mías que sean más pequeñas, así ambos podremos cargar con nuestras rocas sin doblegarnos.
El padre dijo esto y levanto a la niña sobre sus hombros corriendo alrededor de las casa y sacando una sonrisa que no había aflorado en días. Pero como la felicidad siempre dura poco y las malas noticias siempre rompen el record Guines de Usain Bolt a la siguiente mañana la televisión dejó de funcionar aunque había canales de la Cruz Azul emitiendo señales.
_Declaran a la Isla de la Rosa como epicentro de contagio. La Cruz Azul Internacional enviará un barco de rescate para los niños sanos que queden en la Isla. Se le pide a todos que mantengan el orden, solo subirán niños. El barco arribará a las seis de la tarde en el Puerto El Leiram, estará atracado dos horas.
Sin dejar finalizar la emisión Carlos corrió hasta la cocina y tomó un rifle de municiones de cartucho, que tenía apenas una bala. Lanzó a la mochila los últimos dos pomos de agua potable y una lata de carne seca probablemente pasada de la fecha de caducidad. Cargó a su pequeña niña y dejando todo detrás partió rumbo al muelle que se encontraba a unos 24 kilómetros de su hogar. Durante las primeras cinco horas caminó sin parar entre los escombros evitando en lo posible a las personas, los enfermos podrían contagiarlos con solo acercarse y los sanos pretenderían saquear lo poco que almacenaba la mochila desvencijada. Se acercaron a una casa abierta de par en par. Bajó a la niña de sus hombros y cerró todas las entradas solo para descansar algunos minutos. Le faltaban al menos 14 kilómetros y la noche se alzaba plena sobre ellos.
_Para llegar cerca de las seis de la mañana tengo que salir al menos siete horas antes. Milla, come un poco y dormiremos algunas horas. Tranquila llegaremos a tiempo._ dijo abriendo la lata y sacando con sus dedos unos trozos.
_ ¿Vas a montar conmigo?
_ No, papá tiene que quedarse para ayudar a los demás supervivientes._ mintió dulcemente
Las horas se escabulleron rápido y su marcha continuó durante ocho ininterrumpidas horas. El paisaje solo estaba compuesto de autos incendiados, casas derrumbadas, cuerpos maltrechos en la acera y toses fugaces entre que se expedían por las ventanas. El sol comenzaba mostrar los primeros toques de luz, y el sonido del mar arrullaba a la ciudad muerta. Un barquito de unos 10 metros de largo había atracado en el puerto. Una larga fila de padres con sus hijos se agazapaba entre un cordón policial escudado, de cascos amarillos y armas listas.
Los soldados de La Organización de Union Mundial (OUM) separaban a la fila, de los desesperados que de forma tumultuosa, a pedradas, machetazos y empujones intentaban montarse al barco. No les importaban los niños, el sálvese quien pueda era motivado por el miedo y los soldados alzaron armas acribillando a los hombres como si fueran leprosos.
_Los niños son la prioridad._ decían una y otra vez los hombres quizás intentando convencerse a sí mismos de que el fin justifica los medios.
Había menos niños de los esperados en la fila; al parecer muy pocas personas conservaban radios y televisores o muy pocos niños estaban con vida. Por fin le tocó el turno a Milla. Carlos la pone sobre la plataforma quedando ambos a la misma altura; los soldados le dan unos segundos para despedirse. La mira con el semblante destrozado y lágrimas que salen a borbotones. Aquella era la única esperanza para su hija, él sabía por qué habían mandado a rescatar a niños sanos. Un zumbido ascendente se escucha desde la altura. Milla mira hacia arriba y ve tres luces envueltas en llamaradas y dejando una estela de nubes grisáceas.
_ ¿Qué son esos papá?
_ Esas… esas son mariposas volando en el cielo.
Aquel día dijo por siempre adiós a su padre. Perdió de vista la tierra, incluso el mar cuando los cascos amarillos subían abordo sin dejar de apuntar a los civiles. Levantaron el puente elevadizo y zarparon, a medida que pasaban los minutos las bolas de fuego se hacían más grandes y la gente en el puerto más pequeña. Perdido entre el choque de las olas, se escuchó un único disparo, seco y grave. Los niños esperaban de pie en la cubierta, algunos llorando desconsoladamente y otros demasiado jóvenes para comprender que estaba ocurriendo. Pero Milla había escuchado ese único disparo y recordó que la muerte perseguía todo lo que ella tocase.
_Todo estará bien.
Dijo un niño de cabellos rizados y ojos tan negros y profundos como los mares en plena madrugada. Sus piernas eran fuertes y largas, evidenciaban que durante la pandemia él había sido un sustento en su hogar. Tendría unos catorce años y una mirada de adolescente maduro. Esa mirada que tienen los niños que crecen con herramientas en las manos y responsabilidades en la cabeza. Su voz aún era un pito leve que enmarcaba un acento no muy propio del Occidente de la Isla de la Rosa, sino que se parecía ligeramente al de los habitantes del Este.
_Hedri, por cierto. ¿Tú cómo te llamas?
_No hablo con desconocidos.
La niña lo miró sin hacer demasiado hincapié, generalmente ignoraba cualquier contacto humano que no fuera su padre o hermana, pero en estos momentos, en ese lugar, solo le quedaba su nombre y un extraño queriendo conocerlo. El chico no recibió más respuesta pero pareció no molestarle. Sabía que en un mundo tan traicionero es difícil confiar, incluso hablar con alguien. Sin importarle el caso omiso continuó.
Capítulo 2: La Hiena, la Gacela y la Rata
_Soy de la Isla del Este pero he vivido durante años aquí en la Isla Oeste… _dijo y comenzó su historia mientras regresaba a su pasado.
La Isla de la Rosa estaba compuesta por cuatro islas pequeñas situadas, como pétalos, alrededor de una central con forma circular llamada El Brote y cuyas estructuras principales eran edificios antiguos afectados por el tiempo. Al inicio de la pandemia era la capital y esto trajo consigo que fuera el primer lugar en salirse el virus de control. El gobierno se trasladó a la Isla del Oeste, que tenía edificaciones un poco más modernas pero que no dejaban de estar descuidadas por el Estado. La Isla del Sur y la Isla del Este no tenían atracción ninguna más que las regias que en las noches arrullaban a los niños. Las chabolas, bohíos y barracones se extendían entre las escazas callejuelas, y era zona netamente rural, aunque algún que otro edificio adornaba las zonas más pobladas. Ahí la gente hablaba diferente, con un acento soez y algo gracioso, quizás con tantas palabras propias como el español hablado en todas las islas de la zona. Por otro lado la Isla del Norte era el Humedal más grande de la región. Completamente cubierta por pantanos era imposible edificar allí, y los turistas se mantenían alejados por la proliferación de caimanes de agua cálida y mosquitos en su mayoría transmisores de enfermedades como la fiebre amarilla, el dengue y el paludismo.
Hedri ahora vivía en una zona de la Isla Oeste bastante poblada, quizás el último vestigio de orden dentro de aquella flor flotante en el mar Oriental. De día aún se podía ver a una que otra persona yendo al hospital, médicos desesperados y guardias que cumplían a raja tabla la ley marcial. Los edificios ruinosos, dejaban entrever lo que alguna vez fue una ciudad neoclásica. Algunos se mantenían en pie con cristalería destrozada, otros con ventanales de madera reforzados como quien quiere atrincherarse; algunas eran casas modernitas de buenos cimientos que contrastaban con los escombros de edificios mal construidos; y las calles repletas de aves que jamás habían batido sus alas allí por la contaminación.
Aquella noche estaba despejada, las lechuzas cruzaban de los tejados a los bosques y de los bosques a los tejados, algo que se había perdido hacía décadas. Ni lechuzas ni bosques habían cerca de las ciudades, el debilitamiento de la especie humana hizo que incluso las regias y las caobas renacieran en las orillas. El ave nocturna cruzaba los umbrales destruidos de las ventanas cazando ratones e incluso gatos pequeños; los que quedaban, pues el hambre que azotaba a la ciudad había reducido grandemente la población felina. Vio volar algunos murciélagos, y demasiadas cucarachas haciendo suyas las ciudades. Siempre lo dijo: El mundo será conquistado por cucarachas, da igual si tienen seis patas o dos.
Hedri amaba el clima cálido y las noches despejadas. Cargado de buen ánimo salió de casa con no más que su ropa y ese espíritu valiente que tienen los jóvenes maduros. Las regias se balanceaban, contoneando su tronco al ritmo del viento y arrullando con sus hojas los quejidos de dolor que se escurrían entre los ventanales de los edificios. Caminó sobre unos escombros que parecían atravesar las suelas de sus zapatos, mientras el crujido de vidrios rotos lo delataba. Cruzó por el marco de una ventana y encontró a su grupo de amigos más cercanos que siempre se reunían en aquel edificio en construcción para beber a escondidas de los padres y la policía que perseguía a los que quebrantaban el Toque de Queda.
Eran tres chicos delgaduchos, uno de tez blanca y pelo castaño encaracolado, otro de piel negra y cabeza rapada, y el otro trigueño con el pelo también rapado. Se movían alrededor de un círculo pintado en el suelo, y azotaban con varitas de madera manteniendo lo que fuera aquello dentro del círculo. Hedri escudriñó los ojos intentado enfocar que se retorcía allí, se acerca con cuidado:
_Buenas noches germás ¿Qué hacen?_ dijo curiosamente, cabe destacar que germás significa hermano en el argot popular.
_Uh… ven, mira esto.
Cuando se acerca ve en el medio del círculo una tarántula que en lugar de sus ocho patas tenía solo cuatro, se enfrentaba a un escorpión mucho más pequeño pero con dos largos y amenazadores aguijones chorreantes de veneno.
_ Los encontramos en la fábrica que explotó._ dijo el de tez negra.
_ ¡Están locos!_ dice sorprendido Hedri._ Esa zona aun emite radiación.
_ No seas gallina. No nos pasó nada._ replicó
Mientras, la araña corría hacia el escorpión levantándose en dos patas para atacarlo con su mandíbula, pero el contrincante ataca una y otra vez con sus dos aguijones. Sin embargo el veneno no parecía hacer efecto al instante por lo que la araña lo ataca mordiendo y arrancando las tenazas. El escorpión viéndose perdido comenzó a apuñalarse con sus aguijones una y otra vez para suicidarse; quedando sin vida antes que la propia araña.
_ ¡Trampa, trampa! ¡El escorpión le dio primero! ¡Gané yo, denme las pastillas!_ gritó uno realmente molesto rompiendo una botella sobre un muro y azotándola en el aire.
El manoteo comenzó sin dar otro aviso que par de puñetazos más amenazadores que dolorosos. Hedri se metió entre los chicos para separar y recibió más golpes que los propios inmiscuidos. En un descuido su pierna recibe un corte profundo, con un poco de roña lanzó un gancho a la mandíbula de uno de los muchachos y le arrebató la botella rota cortando la mano del otro. Como balde de agua la sirena separó aquella pelea de perros.
_ ¿Quién los llamó?_ se escuchó una voz
Todos pudieron escapar excepto el cojo con espíritu de buen samaritano. Sus “amigos” lo dejaron tirado con una herida sangrante y la botella en la mano. La escena no era alentadora para Hedri. Los oficiales saltaron por la ventana y lo levantaron en peso, le obligaron a ponerse una mascarilla sanitaria y lo montaron a horcajadas dentro del auto. Entregaron a “aquella pequeña escoria” en la puerta de su casa, con una simple venda en un pie para controlar la hemorragia. Les abrió la puerta una mujer de cabellos negros a juego con los ojos, y de piel morena. Al entrar en la casa se encontraba un hombre muy serio sentado de piernas abiertas y una niña de unos diez años removiendo un caldero con borde quemado. Los muebles parecían tener siglos y las paredes llenas de humedades y huecos daban al lugar un verdadero olor desagradable.
_Señora su hijo fue encontrado de nuevo en la calle después de las siete de la noche. Violentar la cuarentena les afecta más a ustedes que a nosotros. Es la tercera vez en el mes y no se han tomado medidas por ser un menor de edad pero esta vez será diferente. _ sentenció el guardia más grandullón que miró a su alrededor y clavó la vista sobre la niña._ Muy linda niña. ¿Qué edad tiene? ¿Cinco, nueve, quizás trece? Sería una lástima que tuviésemos que llevárnosla al centro de aislamiento para que no coja las malas mañas de su hermano…
_Ni se le ocurra._ dice amenazadora la madre cerrando los puños y pidiendo con la mirada el auxilio del hombre que estaba sentado apacible en el sillón.
_ ¡Ja, ja, ja!_ rio con cinismo el oficial ante la mirada nerviosa del otro policía al cual no parecía gustarle esta situación._ Nos conformaremos con dos botellas de agua y el contenido de ese caldero.
Una estrategia simple y factible de manipulación: proponer algo fuerte, malévolo, algo a lo que evidentemente la otra persona no va a ceder; para luego ofrecerle una opción exagerada y agraviante pero más viable: “La niña o el caldo…”
_No hay peor cuña que la del mismo palo. Ustedes son unos aprovechados. ¿Qué va a comer mi familia esta noche?_ preguntó la mujer con una expresión de ira y desesperación
_Ese no es nuestro problema._ respondió el oficial rozando con sus dedos el arma
El hombre dentro de la casa, que había permanecido sin inmutarse se paró lentamente de su sillón dejando sobre la mesa una lata de cerveza vacía cuyo borde de aluminio había estado masticando. Se sube los pantalones que casi caían bajo sus nalgas y camina sin mucha preocupación hasta la cocina. Coge el caldero con las dos manos sin hacer mucho esfuerzo y lo traslada hasta la puerta pronunciando en voz neutra, como si no ocurriese nada:
_ Por tu acento eres de la Isla Este. Mi mujer también. La traje a vivir a la Isla Occidental conmigo y con su hijo malagradecido, nuestro vino es amargo pero es nuestro vino._ miró asqueado al joven, luego a su mujer y continuó._ Luego llegó esta pandemia arrasándolo todo; sin embargo, en este mundo de llanto, hambrunas, enfermedades… muerte… lo más peligroso no es el Virus-C, son los hombres carroñeros que se alimentan del dolor ajeno, de la carne de otros hombres. ¡Hiena!
El hombre deja sobre las losas del suelo, el caldero que desprendía un humo perfumado, sustancioso. Era viscoso, y burbujeaba aun. En la superficie se crea una burbujita de aire y cuando explota sutilmente, nada a vista de todos, un ojo. El policía lo mira dudoso, debatiendo si era, de vaca, de cerdo o humano… Se agacha sobre el caldero para mirar más de cerca. Toma las agarraderas y cuando fue a levantarlo pronuncia de forma creída:
_No soy una hiena.
_ ¡Qué lástima porque yo sí!
Respondió el padre de familia casi alegre. En una rápida flexión la suela de su zapato se pegó a la cabeza vacía del estúpido policía; y la metió al caldero rebosante de aquella mezcla marrón hirviente y burbujeante. A gritos y empujones el “guapo” abusón logró sacar su cara del caldo cayendo tiras de piel y quemándose prácticamente todo aquello que recubriera sus facciones. Los músculos de las mejillas se quedaron a plena vista, arrugados; sus labios y cejas se calcinaron por completo, ni mencionar su lengua y las encías que se hinchaban mientras de su boca expulsaba aquello que más que comida parecía ácido o azufre. Los destrozos en su faringe y laringe probamente fueron peores pues el líquido quemó cada rincón por el cual penetró.
Con gemidos de terror y horrible dolor se levanta sin ver nada. El otro policía solo atinó a arrastrar por las ropas a su colega e inevitablemente mirar su cara. Los ojos que alguna vez fueron marrones ahora eran blancos cubiertos por una capa azulea que indicaba que el caldo hirviendo había destrozado las pupilas de aquel corrupto, dándole más que su merecido. Había quedado completamente ciego. Marcharon a tropezones sin exhalar siquiera una amenaza.
_No volverán._ dice el padre con puños cerrados y mirando cruelmente a Hedri.
_No Arístides, por favor._ gritó la mujer leyendo la mente de su marido
_Cállate Julia
Le acarició la mejilla dulcemente con un brillo oscuro en la mirada, alzó la mano y le dio una cachetada con el dorso de la mano sacándola de su camino. Se paró a escasos centímetros de Hedri y con puños cerrados remató la cara amoratada del chico haciéndole saltar un diente mientras unas gotas de sangre manchaban la mano del agresivo hombre. Lo empujó contra la puerta como un monigote de paja, con un ruido seco, haciendo que se quedara sin aliento durante algunos segundos. El tipazo de casi dos metros lo cogió del cuello poniendo sus dedos cerca de la yugular y presionando la tráquea. Pegó sus labios grises a la oreja del joven, y con una respiración entremezclada con gruñidos amenazó en voz baja sacando a relucir todo el odio que le guardaba a su hijastro:
_ Cuando los cielos se abran, cuando los años te azoten, cuando los demonios te acosen verás que el hombre es el peor de los demonios. A tu edad levanté una casa, mi sudor alimentó una familia y mis manos derramaron suficiente sangre como para que mi nombre se conociera en estos barrios. Pero no tú, tú llegaste abriendo la boca como los gorriones que esperan en los nidos a que le den todo masticado. Eso se acabó. Ya no toleraré que pongas esta familia en riesgo.
Sentencia y levanta por el cuello al adolescente que temblaba de miedo e impotencia con los puños cerrados pero inmóviles. Y no es que sus manos se paralizaran del miedo, sino que su corazón temió que su humanidad se fugara como la de aquel hombre que sin temor ni remordimiento lo agarraba de la tráquea con la fuerza suficiente para partir a la mitad un melón mediano. No quería ser una hiena.
_Déjalo, me lo vas a matar, me lo vas a matar._ repetía Julia mientras los llantos de la niña pequeña adornaban aquel vals de hormonas asquerosas rebosantes en odio.
La gacela, siempre tan huidiza perdió el miedo a la hiena. El tiempo se detuvo… la madre atravesó el salón divisando sobre una mesa un cuchillo de carnicero oxidado. A mano firme lo levantó y en un solo movimiento hizo que las vértebras de la columna hiénida se quebraran como si fuesen huesos de pollo. Julia había encajado de una sola aquel cuchillo en el medio de la médula de Arístides que no tuvo más remedio que soltar al joven, no porque quisiera sino porque sus manos dejaron de responderle. Sus piernas se aflojaron y cayó de medio lado mientras su respiración empeoraba por segundos. Sintió que el mundo se le venía abajo. Ya no estaba encima de la cadena alimenticia, sus garras servían solo como guindajos y la mandíbula, de la que tanto alardeaba, apenas se mantenía unida a las coyunturas de su cráneo.
Julia se derrumbó sobre el suelo, posando sus rodillas junto a al esposo. De sus ojos desbordaron lágrimas, quizás de amor, quizás de odio. Sacó el cuchillo viendo que el hombre no podía si quiera emitir quejidos. Sentía como los huesos raspaban el lateral mientras lo retiraba y la sangre salió a borbotones de la herida. El hedor del hogar empeoró con aquel aroma sanguinolento. La niña gritaba refugiada debajo de la mesa de la cocina observando como su familia se deshacía. Cuando el miedo se convierte en odio los sentimientos más humanos escapan como el agua que chorrea entre los dedos, así de fácil es convertirse en un monstruo, Julia lo supo en un instante.
El alivio no formó parte del cuerpo ni la mente de Hedri. Sintió que cobardía se había convertido en su segundo nombre. Debería haber enfrentado a la hiena y convertirse en, no sé, algún otro animal cualquiera, incluso un dingo o un león, pero prefirió ser no más que una rata en las fauces de una verdadera bestia. Quizás parezca raro, pero Arístides tenía la manía de nombrar como animales a todas las personas. Se consideraba Hiena porque era despiadado, sin moral ni remordimientos; Julia era su Gacela, dócil, incluso miedosa, pero necesaria para él alimentar su ego; la pequeña Kate era su Leoncita, decía que aunque era una cachorra crecería para ser una fiera como él. Sin embargo, el único apodo para Hedri era La Rata, porque se escondía entre el excremento esperando que apareciera un poco de comida y listo para infectar la casa. Esto estaba demasiado lejos de la realidad.
Mientras el joven ayudaba a levantar aquel saco de papas ensangrentado aún con vida, recordaba cada día durante el último año. Su mente viajó aún más al pasado:
Un día La Hiena ordenó que Hedri saliera con él a buscar medicamentos. Con sus máscaras de protección caminaron durante horas, en plena noche, entre los escombros de la calle. Las pocas luces que quedaban en los postes de luz, titilaban queriendo apagarse por completo. Llegaron a la Calle Vasserchi, cruzándola se alzaba imponente un hospital pediátrico que estaba resguardado por patrullas de cascos amarillos, que montaban postas armados hasta los dientes.
_Hay que entrar allí_ dice con voz ronca
_Pero es un hospital de niños, no te van a vender medicamento._ un poco inocente Hedri
_Rata, como que vender._ ríe en voz baja_ Nosotros no vinimos a comprar. Ves aquella puerta de allá.
Señala con el dedo hacia un portón elevadizo de metal, similar a una puerta de garaje. Frente se paraban dos guardias con ametralladoras listas para abrir fuego. Unas enfermeras abren la puerta y descargando unas cajas de cartón dentro del lugar. Dibujó con el dedo un camino a seguir y dio las órdenes pertinentes.
_Tu aun tienes catorce años, necesito que llames la atención y que entren contigo al Cuerpo de Guardia, pero tiene que ser realista.
_Puedo fingir que tengo el Virus-C…_ sus palabras fueron interrumpidas por un rápido movimiento de mano
_Tengo pensado algo más urgente
Como un relámpago apuñaló el costado de su hijastro encajando un cuchillo de combate K-Bar hasta la empuñadura; pero sin tocar ningún órgano. Los ojos de Hedri se abrieron como platos. La Hiena lo tomó del pulóver y lo empujó hacia la calle ordenándole que hiciera su trabajo. El chico corrió hacia los policías aterrado, más para salvarse que para obedecer a aquel monstruo. Los guardias lo ven al instante y acuden rápidamente alarmando a todos en la zona. Las enfermeras corren hacia el niño dejando la puerta abierta y algunas cajas aun sobre la camilla en la cual las transportaban.
_Chico, que ocurre._ la oscuridad imposibilitaba la visión
_Me han dado._ uno de los hombres sacó una linterna y al vislumbrar la herida le hizo pasar su brazo sobre los hombros.
Lo trasladaron hasta una pequeña salita para atenderlo, sube sobre la camilla y una enfermera le retira la mascarilla, le coloca una máscara de oxígeno pues no sabe a ciencia cierta si el chico está infectado del virus. Tanto los guardias como el personal médico tenían puesto unas máscaras de oxígeno muy similares a las enterizas que usan los buzos. Mientras el chico tartamudea intentando explicar, mintiendo sobre que le ocurrió; Arístides sale de su escondite directamente al portón de hierro. Dentro hay unas vitrinas de cristal y unas estanterías vacías. Se veían algunos antibióticos, vitaminas, calmantes y la conocida vacuna Virulenta-20, la única capaz de combatir, aunque no curar por sí sola, el Virus-C.
Hizo caso omiso incluso a esa, no había venido a buscar vacunas para salvar vidas, ni si quiera para venderlas. Posó sus ojos sobre una de las cajas de cartón sobre la camilla. Su letrero decía claramente Morphine. Lo agarró sin reparos y echo todas las capsulas en su mochila aun con el riesgo de que se rompieran algunas. Salió de allí a la carrera en sentido contrario a donde estaba Hedri desapareciendo entre la niebla y la oscura vegetación que crecía entre los escombros.
_Quién te hizo esto._ preguntó el policía aunque sabía que la situación del mundo actual no le permitiría tomar acción.
_Una hiena.
_Hemos tenido pacientes por que leones y caimanes han escapado del zoológico y andan sueltos por la ciudad, pero esto que tienes aquí no es una mordida, niño… No tengo tiempo para juegos. ¿Quién te apuñaló?
_Ya he dicho que no se, estaba buscando algo que sirviera y de pronto sentí el corte, cuando me toqué tenía sangre, no vi a nadie.
Respondió Hedri casi adoptando una expresión enfadada, no sabía que más decir y solo tenía ganas de delatar al cruel hombre que tenía como padre de hogar. Una alarma hizo saltar a todos. Un doctor se asoma por la puerta sin la mascarilla y sin poder respirar. Mira a la enfermera con desesperación:
_ ¡Código Azul y Código Rojo! El niño de la cama T-55 está entrando en paro respiratorio. Me agarró de la máscara y me la arrancó, puede que me haya infectado. El RCP no funciona. Necesito desfibrilador.
Las enfermeras siguen al doctor hasta la sala ordenada y le dan una nueva mascarilla al hombre. Ponen oxígeno al muchacho y le propinan un shock eléctrico en el pecho, dos, tres, suben el voltaje. El pitido lineal del monitor cardiaco se interrumpe por unas líneas intercaladas dándole un poco de esperanza al paciente, pero solo como esa última bocanada de aire porque en ese preciso instante el corazón del pobre niño, que no superaría los cuatro años, colapsó dejando ver mediante un hematoma en el pecho, que había estallado.
Hedri vio como por su lado trasladaban un cuerpecito tapado con una sábana y lo llevaban hacia una especie de horno de piedra y hierro que al parecer habían construido hace poco en las afueras del hospital. El adolescente se recostó en la camilla ya con su herida vendada. Unas lágrimas recorrieron sus mejillas evidenciando miedo y humanidad.
_ ¿Dónde vives muchacho?_ dijo uno de los guardias._ Te llevaré a casa. La herida es superficial y corres peligro aquí.
Mientras Hedri era montado en el auto policial observaba por la ventana como el médico se llevaba las manos a la cabeza luego de que una enfermera le entregara un papel.
_ ¿Qué pasa cuando un médico se enferma del Virus-C?_ preguntó curioso
_ Los tratan en una sala aparte, son los héroes de este mundo. Si sobreviven seguirán salvando vidas; sino… eutanasia.
_ ¿Qué es eso?
_ Cuando no hay solución, algunas personas prefieren morir sin dolor.
_ ¿Inyección letal?_ pregunto el chico antecediéndose
El hombre asintió con la cabeza proyectando una expresión, que Hedri pensó confundir con una sonrisa un tanto malévola. Condujo durante horas hasta la casa del chico y al tocar la puerta, abrió la madre llorando preocupada. Abrazó a su hijo mirando agradecida al oficial, que parecía no ser un mal hombre.
_ Su chico recibió un corte en el costado. No vio quien fue pero realmente es raro que estuviera tan lejos de su casa. Con el toque de queda sabe que tenemos autorización a apresar. Tuve condescendencia por la herida y porque es menor de edad. Que no vuelva a ocurrir.
Dijo mirando la casa, en especial a la pequeña niña que jugaba con un banco de madera volteado. La niña lo miró y el respondió con un guiño del cual la madre se percató. Con la mirada muy seria se interpuso en su vista y le despidió con un seco “Tenga buen viaje”, mientras cerraba poco a poco la puerta obligándolo a retirarse.
Recibió un regaño de su madre, el cual apenas escuchó pues ni las mil tormentas del desierto podrían superar la furia que sintió al ver a La Hiena tirada en el sillón, con una jeringa en mano y una capsula de morfina en el suelo. Aquel recuerdo comenzó a disiparse entre los recovecos de su memoria.
_Hijo, Hedri, despierta. Alcánzame la silla de ruedas que era de tu abuelo.
La voz de su madre lo sacó de aquel pasado tan fatídico y volvió a su realidad, que era aún peor. Ahí estaba Arístides, esta vez no babeaba por la morfina, sino porque sus nervios ya no reaccionaban a sus órdenes tras la acuchillada de Julia.
Entre Hedri y su madre lograron subir al mastodonte sobre la silla. Llevarlo hacia la cama y acostarlo boca abajo para intentar cerrar la herida. Con una aguja de máquina de coser cerró la superficie y aplicó un ungüento de camomila, diclofenaco, parafina, hojas de liquen y algunas cosas más que sabía que serían inútiles. Fue en busca de una capsula de morfina para aliviar el dolor más no encontró más que frascos vacíos. La adicción le cobraba factura. Lo vendaron y sentaron sobre una cama personal, a pesar de su precaria situación en los ojos de la Hiena se reflejaba el odio, pero sobretodo un miedo que nunca habían visto en su mirada. Esa noche transcurrió como la más oscura de todas, pero la gran sorpresa para Hedri fue que a la mañana siguiente no quedaba nadie en casa. Ni el inválido abusador, ni la madre sufriente, ni la niña llorona.
_Esta es mi historia._ dice Hedri mirando a Milla que estaba embobada imaginando todo lo que el chico le contaba de su pasado._ Ya no soy un desconocido.
_ ¿Pero, pero… que le pasó a tu familia?
_ ¡Muévanse!_ gritó un hombre con mal carácter que comenzó a pastorear como ovejas a los niños que abarcaban hasta los quince años.
Por mais simples que possa parecer, ainda é muito difícil para os cientistas definir vidacomclareza. Muitos filósofos tentam defini-la como um "fenômeno que anima amatéria".[4]Deum modo geral, considera-se tradicionalmente que uma entidade é um ser vivo se, exibe todos os seguintes fenômenos pelo menos uma vez durante a suaexistência[5]:
Isang umaga, sa Kaharian ng Vireo ay abala muli ang lahat. Hindi uso ang pagpapahinga sa palasyong ito kaya naman hindi nakapagtatakang patuloy ang pag-unlad. Tahimik na kumakain si Reyna Verina, kasama ang kanang kamay niyang si Luna at dalawa niyang anak na sina Prinsesa Alora at Prinsesa Manorah. Nagkataon kasing wala na roon si Prinsipe Zeus at Prinsesa Aleyah dahil maaga silang umalis. Nilapitan sila ni Althea.“Kamahalan, kasalukuyan na pong isinasagawa ang paglalagay ng matataas na pader sa paligid ng palasyo. Sa ngayon ay naghahanap pa si Lancelot
Mila POV"People say new year marks a new beginning and new beginnings brings about happiness while that wasn't my case when I walked into the companyA mixture of emotions churned deep inside me as i took a deep breath, breathing in all the uncertainty that surrounds me" I didn't know what would become of me now that Mr Harris was retired , as the office felt empty without his presence but I chose to be positiveMaybe his son wasn't that bad, maybe he was just like his father and the company needs a fresh young face anyways, " I said to myself comforting myself with each wordI quickly greeted Jolie at the lobby as I hurriedly made my way up to the last floorToday was the day, the day the new CEO starts and I don't want him to get there before meReaching to the office and seeing no one, I became overly curious as to why he wasn't here yet so I decided to
Once she came out of her room, she handed the room keys to the receptionist and dragged her luggage to the bus. She boarded the bus and kept her luggage in the compartment of the single seat reserved for her. Ensured that it was safe and stepped out. She had some light morning breakfast of two slices of bread, some fruits, and a glass of herbal tea. She bought some bananas and guavas and kept them in her backpack. Just in case she needed to munch, she would have the fruits.One by one all of them boarded the bus. Tanisi boarded it the last and sat at her place. Varidhi had instructed to keep all valuables with them since they would leave the luggage in the bus.They set out to the hills. The morning was still dark, and the weather quite chilly. Tanisi had expected this and was wearing a jacket on her T-shirt. This ensured she was comfortably warm. After an hour's journey they reached the foothill.
Caroline stuck to the shadows as she looked grimly at her scrying map. The red marker shone brighter the closer she got to her mark and for a moment she was tempted to send for the elder council. But the abundance of bad leads made the high priestess pause, and reconsider her position, loathing to rouse them from their beds on a chance that this time her locator had worked. Stepping nimbly through the brambles with a grace that belies her age, Caroline gave a sigh of relief as she exited the forest and gazed upon violet field. The gates to the pack pyres were open on the far end and she squinted her eyes in confusion, "They should be shut," She murmured and muttered " el gatus closeth" a simple spell to close doors, but nothing happened.
I rubbed my stomach. I try not to stress because it will affect my fetus. Yes, I should be grateful for the pregnancy I have been waiting for, but it complicates the situation. It would be a lie if I said I was fine. The problem is, I don’t know the father of my baby. Harvey? Or Sean?“Angel.”I found a woman who 3 days ago I was worried about childbirth. Yes, he is Renata. The nurse handed Renata to me, who was sitting in the garden area of the hospital.“Hey, Renata,” I said, glad that I finally had someone I could talk to. “How are you and your baby?”“We’re good, thanks to you,” Renata answered. “Thank you for praying for us and being