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chapter 61

Penulis: gaojianxiong
last update Tanggal publikasi: 2023-12-02 06:36:46

_ ¡Muévanse!

Grita un hombre con el ceño fruncido tras una máscara como la antes vista en hospitales, un amplificador de voz en la mano conectado a la máscara y una fusta en la otra como quien mueve a pequeños reos a sus celdas. Su traje amarillo era de un extraño material similar a nylon fusionado con caucho, detallaba un cuerpo en forma, atlético aunque de estatura bastante ridícula para el mal carácter que profesaba. Tras la máscara una fina barba tapaba sus labios que se entreabrían respirando entre cada palara vociferada. 

El choque de las olas contra el barco entorpecía las palabras, las nubes se arremolinaban cubriendo de gris el azul, y escondiendo al sol naciente. Parecía uno de esas típicas mañanas de invierno que helaban el alma. Se sentía raro, quizás la niebla, la rapidez con la que ocurría todo en este mundo, el salpicar del agua salada sobre los rostros delgaduchos. Algo estrujaba los corazones.   

En el uniforme amarillo, dos hombreras negras dejaban relucir tres estrellas doradas y en la pechera brillaba una credencial de plástico que plasmaba el nombre Cpt Frederic Kickman. Abanicó con ganas la fusta en el aire y les señalo una línea amarilla para que la siguieran. Los chicos se colocan uno tras otros dándose pequeños empujones. Mientras, Hedri no podía evitar mirar de forma protectora a Milla, cuyos ojos se perdían observando las bolas de fuego que aún surcaban los cielos. Divagaba pensando qué le ocurriría a la familia del chico. Sin más dilaciones una mujer sale de un pequeño cuartucho alumbrado por un bombillo de luz blanca. Sus curvas pronunciadas se intentaban escapar de un traje de doctora, largo pero ceñido, y sus mechones rubios sobresalían de la máscara propia de todos los tripulantes del barco. Tenía una mirada apacible proporcionada por unos ojos azules penetrantes y una voz contrapuesta a la del capitán. Calmaba a los pequeños: 

_Uno por uno pasarán para ser examinados y medicados en caso de ser necesario.

Entró uno, luego otro pero jamás salió ninguno. Los nervios de Hedri se comenzaban a poner de punta mientras con la vista examinaba el arma de choques eléctricos que tenía el hombre del traje amarillo. Cuando le tocó el turno a Milla, su mano cayó pesada sobre el hombro de Milla, la sostuvo con firmeza y la apartó colocándola tras de sí. Quería desmedidamente averiguar que estaba ocurriendo, y la verdad no sabía porque sentía la necesidad de proteger a la niña del cabello negro. El hombre lo mira con rareza pensando: ¿Qué hace? Hay suficiente medicamentos para todos, y cada uno será revisado. Que mal educado el muchacho, no lo culpo, mira donde viven.

Finalmente sería saciada su curiosidad. Atravesó el umbral observando cada recoveco, posibles armas y vías de escape. Para su sorpresa no había más que dos puertas, una al lado de la otra, un escritorio y dos sillas. La doctora lo examinó con la mirada.

_Nombre, apellido, edad, afecciones y alergias.

_Hedri Terán, catorce años. Soy asmático aunque llevo años sin crisis. 

_ Últimamente has tenido tos, falta de aire, conjuntivitis, pérdida del paladar, dolores musculares, ardor en la garganta. 

_No doctora, Annie._ mira la chaquetilla 

La mujer le apunto a la frente con un medidor digital de temperatura, y señala unos treinta y nueve grados Celsius. Sus ojos se achinaron preocupada, no quería sacar conclusiones precipitadas. 

_Tienes treinta y nueve grados, que extraño que te dejaran subir. 

Colgaba de su cuello un estetoscopio con la goma negra. Le hizo levantarse el pulóver y lo auscultó buscando cualquier signo de neumonía u otro indicio del Virus-C. Con un palillo examinó su garganta y con una linterna analizó las pupilas que parecían reaccionar de forma adecuada. El palillo se volvió azul una vez depositado en una solución transparente. 

_Los síntomas del Virus-C no son fáciles de detectar. En cada paciente puede aparecer de una forma distinta. Pero siempre baja las defensas permitiendo que otras enfermedades acaben con el cuerpo. Se puede transmitir por aire, por secreciones, por contacto de alguna superficie anteriormente tocada por alguien con el virus, por la sangre… ¿Has tenido alguna herida últimamente?

_No…_ mintió

_Bueno, tienes la temperatura muy alta, pero no tienes más ningún síntoma. Ni siquiera pareces tener fiebre. Si te dejaron pasar en el embarcadero probablemente no tenías fiebre cuando subiste, es decir que te contagiaste hace bastante poco tiempo, o tu cuerpo lo ha asimilado y combatido eficazmente. Te tendré que poner en aislamiento hasta saber con certeza si es el Virus-C u alguna gripe común; a veces las pruebas se equivocan. 

Annie se pone de pie con calma y sitúa la palma de su mano a escasos centímetros de una pequeña ranura que escaneó en segundos sus huellas dactilares. La compuerta se abrió dando brecha a un pasillo que parecía interminable. 

_Acompáñame

Indicó mientras que el corazón del chico se aceleraba. A cada lado del pasillo había unas puertas herméticas con ventanillas plegables cerradas. La doctora se detuvo frente a una y repitió el procedimiento abriéndose. El muchacho dudó entrar desconfiado; sentía que lo conducían a una prisión o a un patíbulo. Imaginaba a decenas de niños encerrados tras esas puertas, debatiéndose entre la vida y la muerte, o pateando el hierro en un inútil intento de escapar.

_Hedri, por favor confía en nosotros.

_Tampoco es que tenga muchas opciones.

_ No somos tu única opción, pero sí la única que te mantendrá con vida.

El chico no encontró agradable la respuesta, pero permaneció en silencio. Quizás su paranoia lo traicionaba. Entró encontrándose con cuatro paredes blancas acolchonadas como de manicomio. Al fondo una cama vestida con sábanas azules y limpias, y una almohada que le recordaba a su infancia, antes de Arístides, antes de la pandemia.

 El eco de los pasos incomodaba aún más al muchacho. Esa sensación de claustrofobia lo mantenía alerta, y se negaba a echarse en la cama. Annie no perdió la paciencia, los treinta años que delataban las dos arruguitas que se asomaban al borde de sus ojos no eran en por gusto. Se notaba que era una mujer sabia y paciente. Observó meticulosa cada gesto. 

Brazos cruzados, muestra de que nada de lo que yo diga podrá penetrar su barrera. Ceño fruncido y gestos con los labios que indican curiosidad y miedo. Puños semi-cerrados listos para en caso de que alguien le ataque. Este chico debe de haber tenido un pasado muy oscuro para que le cueste tanto confiar. 

Inhaló profundamente y dejó escapar una exhalación larga. Llevó sus manos al borde de la chaquetilla y se la quitó para luego ponerla sobre una mesita de escritorio que se encontraba justo al lado de la puerta. Se acercó a un comunicador electrónico, presionó un botón dejando ver sus guantes blanquísimos:

_Aló_ salió una voz tan dulce como la de ella.

_Lucre, dile a Samanta que me cubra en la enfermería.

_Entendido Annie. Recuerda que a las once en punto tienes una sesión de psiquiatría con Ledif, el niño que recogimos en Isla Norte.

_ ¿El de los caimanes?

_ Sí, no llegues tarde.

_ ¿De qué hablan?_ interrumpe Hedri mientras Annie apaga el comunicador.

_ En Isla Norte rescatamos a un niño de trece años cuyos padres fueron devorados por caimanes. El aún está en shock y presenta cuadros de esquizofrenia. Me gradué de Psiquiatría en la Universidad de Zevec, la capital de Unión Norte; así que ayudaré al niño a recuperar la cordura en la medida que pueda. Por cierto, tengo 30 años, un hijo que se encuentra la habitación continua, y he servido a la Cruz Azul Internacional durante cinco años, pero ya te estoy contando demasiado.

Sonrió saciando la curiosidad del muchacho que no la dejaba de observar. Se sentó de piernas cruzadas en una silla frente a la cama. Puso sus manos hacia el frente sutilmente, colocó la palma de la mano derecha hacia arriba, el dedo gordo de la mano izquierda lo situó sobre la palma y los otros por el otro lado. 

_Ya te he hablado de mí, cuéntame un poco de ti.

__ ¿Eh?_ sus palabras le tomaron por sorpresa_ No quiero hablar, seguro analizarás cada una de mis palabras.

_Es cierto._ se acomodó en la silla sin desviar la mirada._ Quiero saber cómo llegaste aquí.

_Mis padres me abandonaron. Desaparecieron sin decir nada. Fui hasta un hospital infantil. Había un coche patrulla abierto y me acerqué. En la radio informaron lo del barco, el puerto quedaba a pocas horas. Me puse en la fila y ya, así de simple.

_Ahora pregunta, sin miedos. Nos hemos criado pensando que la libertad de expresión no existe, solo porque a algunos no les conviene que lo haga, pocas veces se tiene la oportunidad de hablar abiertamente. Puedes preguntar lo que desees; responderé a cada una con la condición de que satisfecha todas tus dudas te acuestes en esa cama y te dejes suministrar los medicamentos._ Hedri la observó con determinación y se decidió a hablar.

_ ¿Quiénes son ustedes? ¿Hacia dónde nos llevan? ¿Estoy contagiado? ¿Por qué nos han venido a buscar? ¿Por qué no…

_ Alto, alto. De una en una._ sonrió dulcemente y separó sus manos dejando ver ambas palmas._ Somos una brigada de rescatistas de la Cruz Azul Internacional y de la OUM, La Organización de Union Mundial. 

El chico se sentó sobre la cama mirando fijamente a los ojos de la doctora. Descruzó los brazos y los puso a sus espaldas, apoyándose en ellos. Asintió con la cabeza mostrando comprensión y curiosidad creciente.

_ ¿A dónde vamos?

_ A tierra del Lobo, al noreste de Unión Norte. Sé que es un estado frío y poco poblado pero hay un hospital y casas de acogida, el virus allí no ha hecho estragos. ¡Listo! Ahora recuéstate, tendré que ponerte la Virulenta-20.

_Significa que soy positivo…_ sus ojos se tornaron como plato realmente asustado

_Sí.

_ Pero dijiste que las pruebas podían equivocarse. 

_ Las pruebas a veces se equivocan, es cierto. En tu caso no, pero si te hubiese diagnosticado positivo quizás no hubieses cooperado._ Hedri asintió levemente con la cabeza, sabía que era verdad; solía ser testarudo._ Tranquilo, parece que te infectaste hace muy poco. Te aplicaré la vacuna y probablemente cuando lleguemos a Tierra de Lobo ya estés completamente sano.

Annie se pone de pie, saca una tableta de pastillas de su bata, y extrae solo una suficientemente pequeña como para perderse entre sus finos dedos. Llena un vaso de agua en un dispensador y se los da a Hedri. Era el agua más limpia y pura que había visto en meses. Se toma la pastilla y bebe desaforado de aquel elixir. 

_Una, cosa… hay una pregunta que no me has respondido. ¿Por qué? Todos los países tienen situaciones similares. ¿Por qué ayudarnos?

El volumen de su voz fue decreciendo poco a poco hasta apagarse del todo. Los párpados comenzaban a pesarle y Morfeo amenazaba con acogerlo bajo su manto no importaban los esfuerzos que el chico hiciera para mantenerse despierto. En cuestiones de segundo calló rendido sobre aquella cama limpia y más cómoda que el suelo donde dormía cada noche. Annie se levantó. Introdujo el código 2-0-2-0 en una especie de caja fuerte que no era más que un dispensador de medicamentos que se situaban en cada cuarto del barco para casos de emergencia. Tomó un suero con la etiqueta V-20 y lo preparó el perchero. Sacó de su envoltorio un catéter. Con una goma rodeo el bíceps del chico que aunque delgado tenía buena masa muscular. Con la aguja penetró la vena radial de su brazo izquierdo, a nivel del codo. Conecta el suero, regula el flujo que gota a gota penetra en el sistema del adolescente. La mujer sin dejar escapar la ternura de su rostro tapó al chico con una sábana y se dispuso a marchar hacia la cubierta. 

Milla ya había pasado la inspección. Sus análisis resultaron negativos y recibió algunas pastillas desparasitantes, igual que a todos los demás niños abordo. También la vacunaron para prevenir algunas enfermedades y la doctora Samanta la hizo pasar por la puerta contraria a la que Hedri había atravesado. Milla bajó las escaleras que conducían a una sala muy amplia de paredes blancas con puertas en los laterales. Por doquier había mesas de camping junto con sus respectivos bancos, y en ellos sentados montones de niños que no levantaban la vista de sea lo que fuese que tenían frente de sí.

En el fondo había una mesa con unas estanterías, una mujer de unos doscientos kilos, suministraba cucharadas de puré de papa a los chicos que se aglomeraban en una fila. Milla moría de hambre. Se incorporó tomando una bandeja de aluminio y al llegar su turno le brillaron los ojos. Se sentó a la derecha de la puerta por la cual había entrado y en pocas cucharadas devoró todo lo que tenía en la bandeja mientras se ayudaba de unos buches de agua cristalina. Dos chicos de trece o catorce años se sientan en la mesa continua.

_ ¿Qué crees que le haya ocurrido a nuestros padres?

_No tengo ni idea, pero cuando mi padre iba a salir de casa para llevarme al puerto escuché decirle a mi madre algo de limpieza.

_ ¿Crees que hicieran como en los videojuegos de zombis?

_ ¿Cómo?

_ Que mandan misiles para exterminar a los enfermos._ Milla al escuchar esto, levantó la cabeza evidentemente asustada.

Ahora todo concuerda, las luces de fuego en el cielo, las mariposas volando, la gente desesperada por subir, las lágrimas de mi padre. Van a matar a todos.

Milla soltó la bandeja esparciéndose las escazas sobras. Salió disparada por la puerta, pasando a la velocidad de un rayo, por la enfermería. Cruza la cubierta y se precipita contra el barandal solo para ver la triste escena. Los misiles ya se habían dispersado rumbo a cada isla. Vio como tocaban tierra levantando una ola gigantesca de fuego, cenizas, humo y muerte. Un estruendo ensordecedor ahogó su grito:

_ ¡Papaaaaaaaaaá!

El capitán vestido de amarillo, el mismo que los había conducido entre gruñidos a la enfermería, corrió hacia ella y tomándola por la estrecha cintura. La levantó en peso como si se tratara de una almohada de plumas, mientras pataleaba y vociferaba. ¿Qué podían exigirle? Aquella niña perdió a su madre, vio morir a su hermana y ahora había visto como misiles habían caído justo sobre la ciudad. No puede ser, no puede ser. Rompió en lágrimas, quizás como nunca antes. El hombre entró a la enfermería con la niña aun pataleando. 

_Sédala_ sin dudar Samanta saca una de las tabletas de aquella pastilla diminuta e intenta abrir la boca de la niña.

_ Suéltenme, suéltenme. 

Le lanza un mordisco, desgarrando el guante de latex de la doctora que retiró la mano antes de que pudiese hacerle una herida. Samanta tomo de un botiquín una jeringa desechable y un frasco de Lunesta. Tiró el envoltorio de la cánula, absorbió el líquido con ella y lo inyecta rápidamente en el brazo de la pequeña mientras Federic lo agarraba con fuerza. Milla apenas siente el leve pinchazo pero sus músculos comienzan a fallarle. Siente pesadez sobre los hombros.

_Lunesta es un medicamento también conocido como eszpiclona. Estimula el sueño y no tiene efectos secundarios agresivos._ hace una pequeña pausa y su mirada se torna soberbia y autosuficiente._ Frederic, te sorprenderá ver que antes de que termine esta explicación ya la niña estará profundamente dormida. Llévela a su camarote, despertará dentro de seis horas.

El hombre mira sorprendido el rostro de la pequeña cuyos ojos ya se habían cerrado. Obedece a raja tabla, como si el rango de capitán no fuese más que el de un lacayo.  La mirada severa en su rostro se fue ablandando conforme atravesaba el pasillo hacia el comedor, donde nuevamente se transformó ante la mirada abrumada de los demás niños. Se gira hacia las caras curiosas, y con su vozarrón ronca: 

_Necesita descansar

Ninguno de los chicos osó si quiera murmurar algo. Frederic realmente inspiraba respeto. La fina barba que cubría su rostro daba la sensación de ese padre recto y exigente. Con sus manos toscas abre la puerta, al final de un pasillo hay otra que guarda tras de sí un camarote pequeño pero con espacio para cuatro niños. Predomina el color caoba, por los detalles de madera. Aunque fuese un barco de rescate tenía algún que otro adorno en su estructura. Recuesta a Milla en una de las literas inferiores, dejando que su carita repose sobre una cómoda almohada mientras por una de sus mejillas danzaba rampante una lágrima tan pura como su corazón. El hombre la arropa seriamente y sale cerrando la puerta tras de sí.

Salió a la cubierta nuevamente y posó sus manos sobre el barandal observando como el fuego consumía los bosques, los altos edificios se desmoronaban y evidentemente no quedaba animal vivo sobre ese suelo. Un destello azul pasó junto a sus ojos, una pequeña mariposa voló a su lado posándose en barandal y luego se desapareció entre las brisas marinas.  Aquí estamos nuevamente, en este camino que llamamos vida. Y fue ese el instante en que cada segundo valío la pena; admitió que su corazón era más débil de lo que creía. 

_Un duro día cierto._ una voz apacible lo sacó de su nebulosa de pensamientos.

El hombre observó aquellos ojos azules que eran un calmante para él. Quedó embobado unos segundos sin disimular, hasta que se recompuso nuevamente y volvió su vista al holocausto que había hecho marchitar la rosa. 

_ En la Manada de Unión Norte nos entrenan para matar, para ver volar los sesos de tu mejor amigo, para no llorar; pero esto es distinto.

Se quitó la máscara para estar en consonancia con la doctora que esta vez andaba con el rostro desprotegido. Se tocó el cuello pasando la mano varias veces sobre un tatuaje viejo de un lobo amenazante.  

_ Cuando decidí dejar la marina y servir a la UOM, desde el brote de la enfermedad, crucé con este barquito “La Titana” mares a lo largo de todo el mundo. Encontré padres ricos, con hijos de papá vacunados y con sobras que lanzaban a los perros. Vi brujas ayudando con ungüentos y palabritas a viejos con gangrena y vi a religiosos lanzando piedras a los infectados. Aquí veo niños rotos. El cielo es tan azul en este lado del mar y tan rojo sobre aquellos edificios en llamas.

_Calma._ le pone una mano sobre el hombro que quedaba a la altura del suyo._ ¿Cuándo el mundo ha sido justo? Ahora solo vemos la verdadera naturaleza humano y quedan pocas personas capaces de diferenciar vivir con sobrevivir. No podemos salvarlos a todos

_ ¿Annie, aun crees en Dios? 

_Dios ha muerto, lo hemos matado. Ahora solo creo en ellos.

Se voltea mirando hacia la enfermería, que era, más puntualmente, un punto de control bacteriológico para garantizar que nadie enfermo contaminara la zona donde los niños comían y dormían. 

_Yo aún tengo fe. Cada hombre ha de vivir con algo que le haga tener esperanza. Espero que estar hablando esto no sea muestra de que la estoy perdiendo._ sentencia acompañado de un silencio adornado por los choques de las olas. 

El sol se escabulle entre las nubes lanzando algún que otro haz de luz a cubierta. En el puente de mando Frederic apoyaba sus toscas manos en un joystick que se encontraba en un panel repleto de botones y luces titilantes. Lo inclina hacia atrás mientras el barco ralentizaba su curso.

_Rueda a la vía. Estamos bordeando las costas del Pantano de las Góndolas.

Suelta el timón y camina hacia el borde de uno de los ventanales. Saca un catalejo de unos escasos treinta centímetros y ojea el paisaje verde y grumoso. Incluso en los laterales, ungidos en agua de mar, flotaban cocodrilos de más de cinco metros. Sin humanos que los cazasen, estos depredadores crecían descomunalmente.

_ Oscar, gira diez grados a estribor, hay demasiados mangles en estas costas y no sé cuál será el alcance de sus raíces. Lo menos que necesitamos es encallar cerca de un pantano.

_Capitán. ¿Quién crees que gane: un cocodrilo o un tiburón?_ jaraneó aquel muchacho joven de piel quemada por el sol y ojos verdes

_Un cocodrilo y un tiburón no se enfrentarían naturalmente.

_Aguafiestas. Yo creo que un cocodrilo. Puede voltear al tiburón y arrastrarlo a agua salada. 

_ Capitán, aquí Águila de Mar. Ciudad a babor. Debe ser Fluoraid. Cambio._ Frederic toma el comunicador para responderle

_Aquí Capitán. Escuchado. Cambio y corto._ cuelga el comunicador y se dirige a los dos muchachos en el puesto de mando_ Dicen que Fluoraid ha logrado mantenerse aislada del Virus-C. Vamos a atracar. Ver si nos podemos reabastecer y si hace falta evacuar a algún niño.

El barco giró lentamente adentrándose por un estrecho canal de mangles. La niebla subió por los costados hasta invadir la cubierta que se llenó al instante de soldados de uniformes amarillos listos para cualquier ataque. El arrullo de las ramas contrastaba con el silencio sepulcral que los abrazaba. Un hombre sostuvo tan fuerte su M-40, que dejó con sus uñas, marcadas pequeñas lunitas y raspones. Escalofríos recorrían cada filamento de sus cuerpos, y los poros advertían una y otra vez que aquello no acabaría bien. Regresar no era una opción; el barco no podía girar ni dar marcha atrás. Como si fuese un pica hielo, hicieron que el barco rebanara la niebla, mientras los ojos aguzados lograron ver que al final del canal una claridad informaba que la niebla se disipaba. 

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